TESTIMONIO CONCEPCIONISTA

Hoy día 17 retomamos aquella idea de compartir nuestra vocación en una fecha señalada para nosotras, las concepcionistas.

¿Santa Beatriz? No, no fue Beatriz de Silva la primera mujer que desde pequeña me fascinó. No la conocía, ni sabía de su nacimiento en mi vecina y querida tierra portuguesa, ni de su belleza, ni en mis libros de Historia aparecía ella en la Corte Castellana del S.XV, ni nada sabía de su vida, su obra y su muerte en la Imperial Toledo.

La primera mujer que me fascinó fue la Virgen Inmaculada, a la que desde pequeña me enseñaron y aprendí a tirarle besos, a rezar, a recitarle poesías y a llevarle flores y a la que poco a poco y cuanto más la fui conociendo, fue despertando en mi un más y entrañable cariño y devoción filial.

Cuando pasaron los años, las circunstancias de la vida permitieron que conociera a las hijas de Beatriz, y a mis preguntas y curiosidades empezaron a resonar en mis oídos de manera insistente: “…para el servicio, la contemplación y la celebración del Misterio de María en su Concepción Inmaculada…”; “…desposadas con Jesucristo nuestro Redentor a honra de la Concepción Inmaculada de su Madre…”. Y detrás de ello, que para mí fue ilusionante, de gran novedad y hermosura, velada y oculta, apareció ella: Santa Beatriz de Silva.

Sí, conocí a Beatriz, como buena discípula de Cristo, por su fruto y su mensaje. Por eso en Beatriz descubro un misterio de pobreza y de silencio: en el momento que en que ella parecía más necesaria, muere, pero su muerte fructificará en la Iglesia dando una nueva Orden. Su vocación es ser raíz, y su historia y su mensaje es su consagración hacia una imitación e identidad con el Misterio de María Inmaculada. Beatriz me invita a un silencio contemplativo amoroso hacia María en su Misterio de la Inmaculada Concepción. Ella, que aparentemente calla en palabras, nos deja como herencia su existencia dedicada en contemplación hacia el Misterio de María como modelo de seguimiento a Cristo. Es también para mí, ejemplo y estímulo que me invita todos los días a saber esperar con paciencia y alegría “el momento de Dios”, confiando que mis imposibles son “posibles de Dios”.

Sor Mª Elena Tejero Muñoz O.I.C. 

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