CONTEMPLANDO TU CORAZÓN

“Junto al Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a conocer el sentido verdadero y único de su vida y de su destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a evitar ciertas perversiones del corazón humano, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo” (San Juan Pablo II )

Y ¿qué es su Corazón?
Es misterio de amor, misericordia, bondad infinita, ternura, compasión, el corazón de un Dios que se conmueve, se estremece y derrama todo su amor sobre la humanidad.

  • “He aquí el corazón que tanto ha amado a los hombres” (Sta. Margarita María de Alacoque)
  • “El corazón de Jesús es el símbolo por excelencia de la misericordia de Dios, pero no es un símbolo imaginario, es un símbolo real que representa el centro, la fuente de la que ha brotado la salvación para la entera humanidad” (Papa Francisco.)
  • “En el Sagrado Corazón está el símbolo y la imagen expresa del amor infinito de Jesucristo, que nos mueve a amarlo en correspondencia” (Papa León XIII)

El Corazón de Jesús nos invita a llegar al corazón, es decir, a la interioridad, a las raíces más sólidas y profundas de nuestra vida , ya que nosotros solos no podemos construirla.

Como contemplativas estamos llamadas al encuentro con Él, ya que la oración es nuestro primer y principal deber (cf. CC.GG. art. 74)
Cristo sale a nuestro encuentro, siempre toma la iniciativa, nos pide de beber como en el encuentro con la samaritana, tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios quien nos desea… La oración, por tanto, es el encuentro de la sed de Dios y la sed del hombre; Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él. En expresión de San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti.”
Su corazón quiere habitar en el nuestro, por eso acudamos a Él, porque su corazón misericordioso nos espera, nos mira… no tengamos miedo a acercarnos a Él, ya que es Todo Misericordia; mostrémosle nuestras heridas interiores, nuestras limitaciones, nuestra realidad. Jesús nos quiere pequeños y humildes, como los anawin, los pobres, los humildes, los pacientes, los justos, los que temen al Señor; para reconocer que no somos autosuficientes, a salir de nuestras seguridades, de nuestra comodidad, rutina, de nuestros apegos, a salir de nosotras mismas y fiarnos de Él,… nos pide que le imitemos en aquello que constituye el fondo de su Corazón: su sencillez y su humildad. “Habiendo amado a los suyos que están en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1)

Nuestra misión es indispensable para la Iglesia y para el mundo. Llamadas por Dios y enamoradas de Él, vivimos nuestra existencia totalmente orientadas hacia la búsqueda de su rostro, deseosas de encontrar y contemplar a Dios en el corazón del mundo (Vultum Dei Quaerere nº 2)

Nos exige, pues, fidelidad plena a Cristo y unión incesante con Él, a permanecer en su amor, saboreando la certeza de ser elegidas y amadas por Él y mirando a su corazón, renovaremos siempre el primer amor, amor que un día nos sedujo y nos quiso para sí, amor que no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido; solo en Él encontraremos la fuente del amor dulce y fiel que nos deja libres para elegir, pero nos hace libres y pobres en el espíritu (Mt 5, 3) y solo la persona humilde goza de tal libertad y desprendimiento, goza de esa paz profunda y sosiego que solo en el corazón de Dios lo encuentra. Y ya no será un corazón bailarín, que se deja atraer por las seducciones del momento, o que va de aquí para … será entonces un corazón más arraigado en el Señor, cautivada por las mociones del Espíritu Santo que se dirige en nuestro interior, para que así Cristo habite por la fe en nuestros corazones (Ef. 3, 16-17) y cuando Cristo, con la fuerza del Espíritu, habite por la fe en nuestros corazones humanos, entonces estaremos en disposición de comprender con nuestro espíritu humano (Ef 3, 18-19)

Ante las palabras de Pablo, cada una de nosotras nos podemos preguntar sobre la medida de nuestro propio corazón: ¿A dónde se orienta mi corazón, dónde se fija, a dónde apunta, y cuál es el tesoro que busca? Porque dice Jesús: “donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt, 6, 21) Solo Dios conoce nuestro corazón, cada una de nosotras puede responder en su propia conciencia, pero, sobre todo, podemos decirle al Señor: Señor Jesús, haz que mi corazón sea cada vez más semejante al tuyo, pleno de amor y fidelidad.


¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío! Es el corazón que más nos ha amado, y nos ama, es el único fiel, es el que nos quiere como somos, es nuestro modelo, por eso nos invita a aprender de Él. ¡Haz, Señor, que mi corazón sea semejante al tuyo: manso y humilde, compasivo y misericordioso!
Y dirijamos a la Virgen María, Corazón Inmaculado, Corazón de Madre que nos ayude a contemplar el Corazón de Dios hecho hombre por Amor.

 

Hna. Glendy Noelia Xocop
Monasterio de la Purísima Concepción de Lebrija (Sevilla)

 

“EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO”

Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Hoy celebramos el amor en el cual “vivimos, nos movemos y existimos" (Hechos 17, 28).

“En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Así comenzamos todas nuestras tareas, así comenzamos todas nuestras liturgias y vemos cómo todo está cercado por este gran gesto. «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.» (Juan 3,16)
Al contemplar el gran amor de Dios, eso nos lleva a examinar nuestra manera de amar, a ver cómo nos abrimos a los demás, cómo nos comunicamos, cómo nos damos, porque amor es darse. Quizás necesitamos de un encuentro más profundo para descubrir aún más el amor de Dios, para después amar a los demás. El misterio trinitario nos lleva a una actitud de donación: el Padre se da totalmente al Hijo, el Padre y el Hijo se dan al Espíritu Santo y los tres se dan al hombre. Fijémonos, pues, para darnos cuenta de cómo es nuestro amor. La Trinidad es solamente amor, tres personas diversas, distintas, pero un amor que no es imposible…

Cuántas veces nosotros con diferencias, con conflictos, sabemos hacer que nazca el amor, esa imagen unitaria, trinitaria que es Él, esa imagen que nos lleva a amar. Cuántas veces tenemos que aprender esta forma de amar: tanto amó Dios al mundo que se entregó y dio su vida por ti y por mí.

Frente al misterio insondable de la Santísima Trinidad, en el encuentro personal con nuestro Dios, sólo debe brotar de nuestros corazones las siguientes actitudes: dar gracias a Dios Padre porque nos ama, nos cuida, vela por nosotros; al Hijo, que se entrega, que se entrega con tanto amor, hasta dar la vida; y al Espíritu, que nos da fuerza para amar.

El Dios de los cristianos no es un Dios solitario, lejano y aburrido. Es familia, comunidad, que se acerca hasta nosotros para introducirnos en su intimidad. Él vive en nuestros corazones como en un templo.
Entra en el misterio…

¡Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo!

Hoy se celebra también la Jornada pro Orantibus, en torno al lema: “Contemplad el mundo con la mirada de Dios”. Pues, las preguntas para reflexionar se vuelven hacia los que no pertenecen a nuestras comunidades:

¿Qué hace en la Iglesia una comunidad contemplativa? ¿Qué provecho alcanza de ello la sociedad de nuestro tiempo?
Los contemplativos responden a una vocación de Dios, que se convierte en profecía para todos: amar y buscar a Dios sobre todas las cosas, y son para la sociedad una invitación al silencio para encontrarse con Dios y restaurar nuestras fuerzas.

¡Que no falten en la Iglesia, hombres y mujeres, que deseen de todo corazón “Sólo Dios”!

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR “Me voy al Padre”

“Me voy al Padre” Es el tema central de los discursos de despedida de parte de Jesús. El Evangelio de todos estos días pasados ha estado repleto de palabras de despedida. Jesús repite una y otra vez estas palabras: “Me voy al Padre.” Y si no lo dice literalmente, se lee constantemente entre líneas. Lo dice con alegría contenida, incluso insinúa a los discípulos que si le quieren, ellos deberían alegrarse. Pero también lo dice con pena porque se da cuenta de la situación en que se quedan sus discípulos. Sabemos las leyes del amor, y a partir de ahí, es fácil comprender que el corazón de Cristo estaba roto por las dos fuerzas tremendas que tiraban de él: el tirón del Padre y el tirón de los amigos. Si toda partida es “partirse”, a Cristo se le estaba partiendo el alma.

Nadie puede dudar del fuerte tirón del Padre que sentía Jesús. No dejaba de hablar del Padre. Con razón se dice que de lo que está lleno del corazón habla la boca. Sin duda Él vivía en el Padre y para el Padre. A su vez, el Padre vivía en Él y para Él. Pero aun viviendo en unidad, el Padre lo atraía más, lo llamada, tiraba de él. Jesús necesitaba ver al Padre, estar con el Padre de otra manera, sentir su calor y la fuerza de su amor.

Ahora, consumada ya su misión y encomendando al Espíritu el cultivo y desarrollo de su obra, es el momento de volver al Padre, del que salió.

Pues este “Me voy al Padre” es lo que celebramos hoy, la Ascensión del Señor. Va derecho al Padre, va a quien es la razón de su vida, el centro de sus ser. Va para descansar en el Padre. Si algo de esto se puede decir del hombre: ”Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está desosegada hasta que no descanse en ti”, ¿qué podemos decir de Jesús? Ahora Jesús descansará plenamente y recibe gloria- amor dentro del mismo Padre, dentro de su inmenso corazón.

En medio de estas palabras de despedida, Jesús se esfuerza en dar una respuesta a esta segunda llamada del amor. No sólo trata de consolar a sus discípulos, sino quiere convencerse y consolarse a sí mismo: siempre que habla a sus discípulos de marcharse, les busca una razón consoladora. Si tantas veces les dice que se va al Padre, otras tantas les justifican su partida:

  • Me voy, pero vuelvo. No tardaré mucho.
  • Me voy, pero me seguiréis más tarde.
  • Me voy, pero no me olvidaré de vosotros. Os llevo en el corazón.
  • Me voy, pero os estaré preparando un sitio.
  • Me voy, pero me volveréis a ver. Será para vosotros una alegría inextinguible.
  • Me voy, pero os llevaré conmigo y ya nada nos podrá separar.
  • Me voy, pero saldréis ganando, porque mi Padre y yo os enviaremos al Espíritu de la Verdad, el Amor. Él os acompañará, defenderá maravillosamente y os colmará de los dones de Dios.
  • Me voy, pero intercederé por vosotros ante el Padre y todo lo que pidáis en mi nombre, os los concederá.
  • Me voy, pero yo pido al Padre que cuide de vosotros.
  • Me voy, pero me quedo con vosotros.

La presencia de Cristo contrarresta la pena de la despedida. Se va corporalmente, pero su presencia es muy eficaz a través de la Eucaristía y los Sacramentos; en la Palabra y el amor; el Espíritu que nos da; en los hermanos; en los niños, los enfermos, los pobres…

Jesús lo deja todo lleno de su presencia. Podemos encontrarnos con Él en lo más profundo del alma o en lo más profundo del amor, de cualquier amor verdadero; en lo más profundo del dolor, del deseo y la esperanza… Aunque no lo veamos con los ojos corporales, lo vemos con otros ojos más profundos. Es una presencia íntima, espiritual, transformadora. Es decir, una presencia más rica y eficaz. Por eso nos dice: “Os conviene que yo me vaya. “ Nos lo dice porque salimos ganando al partir al Padre.

Tras su partida, nos encomienda una tarea: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.” Continuar su obra, dar a conocer el amor del Padre, hacer presente a Cristo en cada momento y en cada lugar, vivir en oración, teniendo entrañas de misericordia, pasar por la vida haciendo el bien, perdiendo la vida amando a los demás… Y en eso estamos. Y nada que quedarnos mirando al cielo como personas sin esperanza.

Jesús quiere estar con nosotros. Sus últimas palabras: “Yo estoy con vosotros… hasta el fin del mundo.” ¿Hay mejor despedida que ésta?

¡Gracias Señor por haberte quedamos siempre con nosotros!

 Hna. Celestina Ndangwa 

Monasterio de Montilla

IV DOMINGO DE PASCUA El Señor es mi pastor

Para acercaros al misterio de este domingo, el domingo de Cristo Buen Pastor, os pido que lo consideréis primero desde vosotros mismos, y después desde Jesús. Desde la Iglesia, desde nuestra experiencia de salvación, hemos cantado a Dios, diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”; y después, como asamblea pascual, hemos cantado nuestro Aleluya, recordando la palabra del Mesías Jesús, que nos decía: “Yo soy el buen pastor”.

Intentaré expresar algo de lo que yo siento cuando, unidos en una sola voz, decimos: “El Señor es mi pastor”.

Se lo he susurrado a mi propio corazón, se lo he gritado a la creación entera, lo he derramado como un perfume delante de mi Dios: “El Señor es mi pastor”. Las palabras de mi canto son verdaderas si las digo desde mí mismo, pues en verdad “nada me falta”; y su verdad se manifiesta con mayor claridad si las canto contigo, Iglesia santa; y esa claridad me deslumbra si digo con Cristo resucitado: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. He oído resonar el eco de las palabras de este salmo en el corazón del hermano Francisco de Asís: “Mi Dios, mi todo”; y en el corazón de Teresa de Jesús: “Sólo Dios basta”. Con el Salmista, con Cristo resucitado, con el hermano Francisco y la hermana Teresa, con todos los creyentes de todos los tiempos, también nosotros vamos diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. ¿Por qué digo: “nada me falta”? Si lo digo con el Salmista, hago mías sus palabras: “El Señor me hace recostar en verdes praderas… me conduce hacia fuentes tranquilas… repara mis fuerzas… me guía por el sendero justo”. Si lo digo con Cristo Resucitado, entonces, contemplando el misterio pascual, reconozco las “verdes praderas” de la vida que no tiene fin, las “fuentes tranquilas” de la dicha eterna; en verdad, el Señor Dios ha reparado las fuerzas de su siervo Jesús, en verdad lo ha conducido por el sedero de la perfecta justicia.

En realidad, con el Salmista y con Jesús y con toda la Iglesia de Dios voy diciendo, “nada me falta”, sencillamente “porque tú, mi Señor, mi Pastor, vas conmigo”, porque “tu vara y tu cayado me sosiegan”, porque tú eres “todo bien, sumo bien, total bien”, porque no sólo has preparado una mesa ante mí, sino porque tú has querido ser anfitrión y alimento, porque me has ungido con el perfume de tu Espíritu Santo y en tu casa mi copa rebosa de gracia y santidad.

Hoy, sin embargo, no sólo hemos cantado, diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. También hemos alabado a Dios con el cántico nuevo del tiempo pascual, recordando que Cristo dijo: “Yo soy el buen pastor, conozco a mis ovejas y las mías me conocen”. Los discípulos se lo habían oído decir a Jesús; nosotros se lo oímos hoy al Señor Resucitado. No sé lo que ellos entendieron entonces; os diré algo de lo que nosotros podemos entender ahora. Si miráis al Buen Pastor, veréis al que conoce vuestro nombre porque él os lo ha dado, un nombre bellísimo porque el pastor lo ha hecho verdadero, un nombre que encierra muchos nombres: perdonado, agraciado, justificado, reconciliado, hijo, heredero, pacificado, amado, glorificado… un nombre que todos los encierra y que todos los refiere de manera única y personal a cada uno de nosotros; si miráis al Buen Pastor, veréis al que ha dado su vida para que tengáis vida, veréis al que ha sido herido para curar vuestras heridas, veréis al que ha sido entregado para que fueseis rescatados; si miráis al Buen Pastor, veréis al que os apacienta con su amor, al que os nutre con su cuerpo y con su sangre, al que va delante de vosotros hacia la tierra de la vida. Vosotros sabéis de dónde ha venido para buscar su oveja perdida, sabéis de qué abismo os ha rescatado, sabéis cómo os ha llevado sobre sus hombros y cómo abrió para vosotros de nuevo las puertas del paraíso.

Pero aún os he de decir algo más: lo que sabéis del Buen Pastor de vuestras almas, no lo sabéis de oídas, sino que lo habéis experimentado cada día de vuestra vida, y lo experimentáis ahora en el sacramento que celebráis: reconoce, Iglesia santa, la voz de Cristo que te guía, recibe el pan de la vida que te ofrece, goza con el Espíritu que él solo puede darte, deja que corra por tu frente el ungüento de su alegría, abre las puertas de tu vida a la abundancia de su paz. ¡Déjale ser tu pastor, pues sólo quiere conducirte a la vida! ¡Recibe al que te ama! ¡Ama al que, por recibirte, ha dado la propia vida! Búscalo, para amarlo; ámalo, donde lo encuentres. Verás que está siempre muy cerca de ti. Feliz domingo.

Mon. Santiago Agrelo, ofm Arzobispo de Tánger 

"Amar es dar todo y darse a sí misma"

Queridas hermanas de la OIC y todos los que acompañan tan de cerca a nuestra Orden a través de la web de nuestra Federación.

Con cariño y alegría comparto con vosotros este pensamiento. Las Hermanas que me conocen ya saben de mi gran amor por Santa Teresita y por eso que me perdonen por usar una pequeña frase suya para comenzar esta meditación:

"Amar es dar todo y darse a sí misma"

Muchas personas hablan del amor, y de forma muy bella, sin duda; Otras dicen que aman, pero... tantas veces no tienen el Amor como brújula de sus vidas. El amor aparece en las poesías, teatros, en las relaciones interpersonales, etc, pero ¿es que tenemos la verdadera conciencia de lo que es el Amor, o mejor, de QUIÉN ES EL AMOR?
San Juan nos dice: “Dios es Amor.” (1 Jn 4, 8) Donde hay el verdadero amor, ahí está Dios presente.

Al final del mes de mayo celebramos la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel. En ese día, el pensamiento de Santa Teresita, llenaba mi pobre corazón, y en estas simples palabras contemplaba el interior de nuestra Madre Inmaculada. María dio TODO, hasta su Hijo Jesús y se da continuamente a cada una de nosotras, sus hijas muy amadas, como modelo de vida, como Maestra, diciéndonos con cariño, el camino a seguir para alcanzar la pureza de corazón para ser hostias vivas, ofrecidas al Padre en holocausto por Amor, es decir, alcanzar el fin para el que fuimos creadas: alabar a la Santísima Trinidad por todo lo que realizó en María Inmaculada y en nosotras sus pequeñas hijas.


"Amar es dar todo y darse a sí misma"

San Juan también nos dice: “Si alguien dice:" Yo amo a Dios, " pero tenga odio a su hermano, ese es un mentiroso; Porque el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y nosotros recibimos de él este mandamiento: el que ama a Dios, ame también a su hermano.” (1 Jn 4, 20 ss). Estas palabras de San Juan nos hacen vivir con lucidez: somos templos del Espíritu Santo, como nos dice San Pablo, y por eso, Dios habita en cada ser humano. Si Dios vive en nosotros, debemos tener cuidado con cada alma como el propio Dios tiene, porque si Dios nos ama como somos, ¿quiénes somos para despreciar a un hermano? A veces es difícil..., pero allí está el apóstol para advertirnos, "el Amor es paciente, el Amor es presto, no es envidioso, no es arrogante ni orgulloso, nada hace de inconveniente, no busca su propio interés, No se irrita ni guarda resentimiento. No se alegra con la injusticia, sino que se regocija con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1 Cor 13, 1-13) ¿Y qué es esto, sino "darse a sí mismo? El mismo Jesús así lo hizo e indicó este camino: el camino del Amor, de la sencillez, de la humildad y la mansedumbre, de la pequeñez. Por eso, no hay que temer. El Señor está con nosotros, no merece la pena caminar amontonando auto-defensas, pensamientos inútiles que en nada nos ayudan a volar al Cielo, al contrario, serán cuerdas pequeñas, finas o gruesas que nos impedirán caminar, volar, ser alegres y vivir en la Paz que nos habla el Señor Jesús en el Domingo de la Resurrección: "La Paz esté con vosotros" y esta Paz sólo se encuentra en la negación de nosotros mismos, en el "darse a sí mismo" como lo hizo Jesús, María Inmaculada, Santa Beatriz y todos los Santos. Sólo amaremos de verdad, cuando exclamemos con San Pablo: "Ya no soy yo quien vivo, ¡es Cristo que vive en mí!" Ahí, sí, Jesús tomará posesión de nuestro corazón y lo presentará al Padre con alegría, y el Padre verá nuestro corazón semejante al de su Hija predilecta, la Madre Inmaculada. Nuestro corazón será puro y en él habitará para siempre el fuego del Espíritu Santo que nos transformará en Amor.

Queridas hermanas, no quiero ser aburrida, por eso termino por aquí mi pobre meditación, dejando que vosotras mismas la terminéis con lo que el Espíritu Santo os inspire.

Hermana Ana Beatriz del Niño Jesús, OIC
Comunidad de Viseu - Portugal

DOMINGO DE PENTECOSTÉS ¡Recibid el Espíritu Santo!

En el principio de la creación, el Espíritu del Señor aleteaba sobre las aguas y en él estaba la Vida que iba llenando de vida todo lo creado, de su soplo, de su aliento creativo y creador, donde el hombre y la mujer sobresalen como la obra prima de la creación. Sin embargo, el hombre, en su libertad, intentó alejar el Espíritu de su vida, de su corazón. Intentó porque, aunque haya sido creado con plena libertad, lleva en sí mismo la marca del Amor, esa sed inmensa que le hace desear más y más, esa nostalgia que le hace añorar la vida en plenitud. Como el amor infinito del Padre era tan desmesurado, que no podía ver a sus hijos envueltos en las tinieblas del pecado, decidió recrear todas las cosas en su Hijo Jesucristo por medio de su Espíritu creador.

Esta es la realidad que celebramos en Pentecostés: la alegría de tener la posibilidad constante de ser recreados, reconstruidos, no por nuestras fuerzas, sino por el Espíritu de Dios que está siempre con nosotros, como nos prometió Jesús: «Estaré siempre con vosotros hasta el final de los tiempos». Él es el Consolador, el Defensor; es el fuego que quema y el agua que inunda de dones la vida de quienes arriesgan, no a abrirle la puerta - pues en el Cenáculo no pasó por puertas ni ventanas – sino a desearlo y a pedirlo al Padre, como hicieron los apóstoles y la Virgen María, a esperarlo con dulzura y confianza.

Pero, ¿que habrá pasado efectivamente aquel día en el Cenáculo? Acerquémonos pues… Nos dice el Evangelio que «los discípulos estaban encerrados por medio a los judíos». Claro, si mataron el Maestro, la misma suerte tendrían los pobres discípulos; el miedo era más que natural. No obstante, la característica del Espíritu es alejar al miedo, es traer la paz: «Paz a vosotros. No temáis» y, diciendo estas palabras, Jesús les confía la misión de salir, de salir de sus miedos, de dejar de resguardar sus vidas para entregarlas por el Reino. El Espíritu invita siempre a salir, a anunciar la Buena Noticia: es que después de ver las llagas gloriosas de ese Cristo Resucitado no pueden callar, no pueden fingir que todo lo que han testimoniado no está pasando. Sienten este fuego fortísimo en sus corazones, saben que se trata de algo que supera todo, que supera principalmente sus límites, sus pobrezas y fragilidades y, en esta certeza de no poder apoyarse en sí mismos, salen, salen hasta los confines del mundo.

Gracias a esta docilidad de doce hombres sencillos al Espíritu Santo llegó el Evangelio de la salvación hacía nosotros, así mismo de nuestra docilidad también dependerá la felicidad de tantos hermanos. Pidamos, pues, con confianza cada día: «Ven Espíritu Santo y llena los corazones de tus fieles, enciende en ellos el fuego de tu amor!»

Hna. Inês Bigodinho 

Monasterio de Campo Maior

VI DOMINGO DE PASCUA - EL ESPÍRITU DE LA VERDAD

Jesús anuncia el Espíritu Santo, que continúa su vida en nosotros, hemos de llevar su presencia amorosa y dar razón de nuestra esperanza. Con este domingo comenzamos un pequeña preparación a la Solemnidad de Pentecostés, cuando Cristo nos enviará su Espíritu como Consolador o Paráclito.

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y abatidos. Pronto no lo tendrán con él. ¿Quién podrá llenar su vacío? Hasta ahora ha sido él quien ha cuidado de ellos, los ha defendido de los escribas y fariseos, ha sostenido su fe débil y vacilante y les ha ido descubriendo la verdad de Dios y los ha iniciado en su proyecto de Amor. Jesús les habla apasionadamente del Espíritu. Él mismo pedirá al Padre que no los abandone, que les dé “otro defensor” para que “esté siempre con ellos”. Jesús lo llama “el Espíritu de la verdad”. ¿Qué se esconde en estas palabras de Jesús?

Jesús dice que el Espíritu “vive con nosotros y está en nosotros”. Es aliento, fuerza, luz, amor... Lo hemos de acoger con corazón sencillo y confiado. Este “Espíritu de la verdad” nos invita a abrirnos a su verdad, escuchando, acogiendo y viviendo su Evangelio. Este “Espíritu de la verdad” está en el interior de cada uno de nosotros defendiéndonos de todo lo que nos puede apartar de Jesús.

¿Qué debemos hacer para recibir el Espíritu de verdad como Consuelo de Dios? Tenemos que llamarle, pues Paráclito que significa “aquel que es llamado en defensa”, aquel del que se busca el Consuelo. ¡Cuántas veces acudimos a otras fuentes de consuelo, a cisternas rotas como pueden ser las distracciones y mil futilidades, o mendigamos consuelos humanos que no nos consuelan el alma y el corazón, sino que nos dejan más heridos y vacíos! El Espíritu Santo es el auténtico Consuelo que necesitamos en esta vida que a veces se nos presenta tan difícil, y con muchas situaciones en que no le comprendemos el sentido.... ¡Qué hermoso sería que después de llenarnos de ese Consuelo de Dios en la oración seamos también nosotros paráclitos para nuestros hermanos, es decir, seamos personas que sepamos aliviar la aflicción, confortar la tristeza, ayudar a superar el miedo y disipar la soledad. “ La hermana concepcionista, al consagrarse plenamente a Dios por la contemplación, se consagra también al servicio de los hombres... Viviendo con fidelidad su vocación,… liberada de las preocupaciones terrenas, les enseñe los bienes celestiales presentes ya en este mundo; hecha súplica permanente, presente al padre las alegrías y esperanzas, las tristezas y as angustias de los hombres. (CC. GG.116, 1 y 2 ) !Que bella esta misión!


PARA REFLEXIONAR:

¿Busco en mi vida el Consuelo de Dios o el consuelo del mundo?

¿Soy también consuelo y paráclito para mis hermanos y hermanas o motivo de tristeza y pecado?

¿Quién testimoniará la Buena Noticia de Jesús en una sociedad tan necesitada de aliento y esperanza?


PARA REZAR:

Hoy es un bello día para meditar en la oración de San Francisco de Asís: “Señor, hazme un instrumento de tu paz”.

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI: DIA DE LA CARIDAD

Celebramos la solemnidad del Corpus Christi, el gran sacramento que Cristo dejó a su Iglesia como signo de su presencia entre nosotros y de su amor entregado por nosotros. Es el sacramento con el que nos alimentamos cada día y sin el que no podríamos vivir. Nunca terminaremos de meditar y nunca nos cansaremos de agradecer este misterio, lo que es y lo que significa para nosotros.

Hablar del Cuerpo de Cristo nos emociona y compromete. Celebrarlo no se reduce al recuerdo. Quien parte el pan debe estar dispuesto a dejarse partir. Quien come el cuerpo de Cristo debe estar dispuesto a dejarse comer. Quien comulga el amor debe vivir en el amor. Dejar que su amor nos pueda, dejarse llevar por su fuerza generosa. Por eso, no es extraño que sea hoy también el Día de la Caridad, pues comulgar a Cristo obliga a comulgar con los hermanos, los miembros de Cristo.

Con gran fervor cantamos hoy el popular y precioso y canto a Jesús sacramentado: “Cantemos al Amor de los Amores…” Cantamos, alabamos, nos emocionamos…y puede que nos olvidemos que esto hay que traducirlo en obras. Hay que cantarlo con el corazón, hay que cantar entregándose.

El Amor de los amores es el amor más hermoso y más grande, el más apasionado y más fuerte, el más entregado y más comprometido. Es un amor que llega hasta la muerte, que llega más allá de la muerte. Es un amor que se acerca, que alimenta, que cura, que redime. Está ahí, alimentando a la Iglesia y alegrando nuestras vidas. Hoy exponemos al Señor y lo sacamos en procesión. Queremos mirarlo, todos nuestros ojos fijos en él. Queremos adorarlo en adoración agradecida, día y noche. Queremos estar con él todo el tiempo posible, agradecerle, ofrecerle, amarle...

Pero Dios quiere adoradores en espíritu y en verdad. Adorar a Dios en la vida y con la vida, desprenderse de la idolatría del para sí y volcarse en el otro, que siempre será por el Otro, por Cristo Jesús.

Tú y yo queremos mirar a Cristo y Él quiere también mirarnos. Él nos mira como una luz penetrante y liberadora, todo un rato de amor y de esperanza. Dice acertadamente San Ambrosio: ”Si tú lo recibes cada día, cada día se vuelve para ti hoy. Si Cristo está contigo hoy, resucita para ti hoy… el hoy ha llegado” Y ciertamente está aquí, bajo la humilde forma de Pan y Vino. Está aquí en este Gran Día, está siempre con nosotros.

Amemos. Elevemos el mejor canto, un canto vivo. Un canto interrumpido. Vamos a hacernos nosotros mismos canción, una canción de amor, una canción a Jesús Sacramentado, una canción a nuestro Esposo.

Termino esta pequeña reflexión con el precioso Himno Litúrgico del Jueves Santo:

” ¡Oh memorial de la muerte del Señor,

pan vivo, que das vida al hombre!

Da a mi alma que de ti viva

y disfrute siempre de tu dulce sabor.

Piadoso pelicano, Jesús Señor,

límpiame a mí, inmundo, con tu sangre,

una de cuyas gotas puede limpiar

al mundo entero de todo pecado. ¡

Oh Jesús, a quien ahora veo velado!

Te pido que se cumpla lo que yo tanto anhelo;

que, viéndote finalmente cara a cara,

sea yo dichoso con la vista de tu gloria”

Sor Celestina Muthusi

Monasterio de Montilla (Córdoba)

V DOMINGO DE PASCUA

«Os voy a preparar un lugar»… El Evangelio de este V Domingo del Tiempo Pascual tiene la marca de la despedida; es un dialogo repleto de sentimiento y presenta un clima cargado de sorpresa por la separación que Jesús anuncia. Por eso, vemos al Señor consolar a sus apóstoles, sus amigos íntimos, a quienes ha confiado todo. Lo imaginamos pronunciar estas palabras llenas de cariño: «No os inquietéis. Confiad en Dios y confiad también en mí. En la casa de mi Padre hay lugar para todos; de no ser así, ya os lo habría dicho; ahora voy a prepararos un lugar. Una vez que me haya ido y os haya preparado el lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que podáis estar donde voy a estar yo».

¡Qué consolador saber que Jesús fue adelante a prepararnos un lugar! ¿Pero, qué quiere decir esto? Un lugar es donde nosotros nos emplazamos, nos establecemos y el lugar al que aspiramos es seguramente donde nos sentimos a gusto, donde nos podemos realizar. Sin embargo, hay muchas personas que pasan toda la vida sin encontrar su lugar; no consiguen situarse en el mundo y se pasan la existencia en busca de este lugar, de su lugar. ¿Cuántas veces también nosotros perdemos un poco de vista nuestro lugar…?

Jesús nos apunta ese lugar al que todos aspiramos y al que, muchas veces, tardamos en encontrar: ¡ese lugar es el Padre! «He salido del Padre y vine al mundo, ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre» nos dice Jesús en otro pasaje, queriendo definir su existencia. Su principio y su fin es el mismo, el Padre; y es también el nuestro. Con otras palabras, podríamos decir que lo que el Señor Jesús nos trajo al venir al mundo fue la manera de llegar al Padre, el camino, que es Él mismo, y en el cual somos hijos, hijos en el Hijo. Esta realidad alarga inmensamente nuestra visión de la vida, de nuestro diario vivir: sabemos que tenemos un lugar, un lugar de reposo de alegría, y que ese lugar es el Padre.

Pero, ¿es que tenía Jesús que entregar su vida enteramente para prepararnos un lugar, para conducirnos al Padre? Sí, porque ese lugar es Dios y Dios es vida compartida, vida entregada, donada. Cuando nosotros (con el Espíritu de Jesús, si no no lo lograríamos) nos entregamos, nos damos, hacemos de nuestra vida una Pascua… entonces, encontramos un lugar. Cuando morimos a nosotros mismos, es cuando vivimos. Los momentos de vida plena son aquellos en que sentimos la atracción de hacer vivir en nosotros a Dios y su voluntad. Al final comprendemos que abandonarse en Dios significa querer verdaderamente, con todo nuestro ser, que Él pueda encontrar en nosotros un corazón abierto a sus designios de amor.

Vivamos, pues, tranquilos, sin inquietarnos, una vez que Jesús fue adelante para prepararlo todo, para que estemos donde Él, en el regazo del Padre como hijos muy amados.

TERCER DOMINGO DE PASCUA «QUÉDATE CON NOSOTROS»

Nos encontramos en el camino de la vida, y de repente llega Alguien que se hace el encontradizo. No le reconocemos, pues estamos llenos de preocupaciones, desalentados, sin esperanza, y muchas veces sólo mirando el lado oscuro de los acontecimientos de nuestra vida o de comunidad... Y todo esto lo discutimos agitadamente entre nosotros. Sí, muchas veces estamos como los discípulos de Emaús...

Vivimos de lleno la Pascua, los domingos siguen tomando textos alusivos a ese primer día de la semana en que Cristo Resucitó. De hecho así comienza el texto: “aquel mismo día…” y dice que iban dos de los discípulos discutiendo acaloradamente. No era una conversación o discusión normal. Jesús, como era costumbre en los caminos de unirse a otros que van en la misma dirección, se pone a caminar con ellos. Nadie se extraña, porque era algo normal. Y Jesús, sin que lo reconozcan, lanza una pregunta, que produce en ellos algo inmediatamente fuerte. Venían caminando y el texto dice que “se detuvieron tristes”… Es que esta pregunta es como un dedo en la llaga. Ellos no pueden seguir caminando, porque el efecto de la pregunta, los trastorna. Viene el recuerdo de lo sucedido. Entonces, uno de los dos discípulos se dirige a Jesús en fuerte tono, habiendo detenido su marcha, y le dice: “¿eres tú el único que ha estado en Jerusalén estos días y no sabe lo que ha pasado?”, porque la pregunta lo saca de sí mismo. Pero Jesús, que todo lo sabe, todo lo comprende y quiere lo mejor para todos, vuelve a preguntar: “¿Qué ha pasado? “Y nos vuelve a preguntar, a mí y a ti: “¿Qué ha pasado?”

Jesús es quien mejor sabe lo que ha sucedido, en aquél tiempo y en el hoy de nuestras vidas. Nadie mejor que Él, que fue el protagonista de todo. Él todo lo sabe y pudo habérselos dicho. Pero Jesús suscita una pregunta para que salga del corazón de ellos, y de nosotros, la verdadera respuesta: “Lo de Jesús Nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo…” Aquí es cuando hay que prestar muchísima atención. ¿Cuál sería nuestra respuesta? ¿Estaría más relacionada con nuestra intimidad con Jesús, que todo lo renueva o manifestaría que estamos demasiado ensimismadas con nuestras pequeñeces?

S. Lucas pone en boca de Cleofás algo muy interesante: El Kerygma, pero a medias. Kerygma, es una palabra griega que significa “Anuncio Gozoso” no es un anuncio cualquiera. Y en los escritos del Nuevo Testamento aparece de muchas formas. Y lleva los siguientes elementos: Anuncio de Jesús, Profeta Poderoso en Obras y Palabras; la traición de su Pasión y su Muerte; Él sería el libertador de Israel (y la Rhumanidad) y la resurrección de Jesús. ADEMÁS TODO SE ANUNCIA CON GOZO Y ALEGRÍA.

Curiosamente, en el Evangelio de este Domingo están todos los elementos. Incluso dice que “algunas mujeres llegaron diciendo que estaba vivo”, es decir, el anuncio de Resurrección. Pero estos discípulos que anuncian el kerygma lo hacen tristes, no tienen alegría, porque en el fondo no creen que ha resucitado. Es algo muy importante que pone Lucas en su Evangelio, un Kerygma a medias, proclamado pero sin la fe en el resucitado. Que en vez de alegría produce tristeza. Es curioso darse cuenta que ellos mismos anuncian a Jesús que ha resucitado, pero no creen en eso… Jesús, el Cristo, el viviente para siempre, les responde con la fuerte advertencia, que se están equivocando. Es necesario sacudir a las personas y volverlas a la realidad… con el anuncio bíblico de la historia de la salvación. Aquí está la clave interpretativa, leer la Biblia con ojos nuevos para entender el nuevo sentido. Y además con el cambio de actitud que solicita, porque al proclamar el designio del corazón, Jesús “calienta el corazón” desde el interior.

El texto prosigue, con estos amigos que al anochecer, deciden invitar al "forastero" a que se quede con ellos. Le dan el privilegio de dar gracias por el pan y es allí donde lo reconocen pero Jesús desaparece. El Resucitado se revela en la alternancia entre presencia y ausencia: cuando está presente "no es visto", y cuando se abren los ojos de los discípulos, entonces ya no está. Y es que Jesús nos acompaña, aunque no lo percibimos, y cuando se nos abren los ojos de la fe y el corazón de la comprensión entonces lo percibimos presente, aunque nuestros ojos corporales no lo vean.

Y entonces vuelve el diálogo entre ellos recordando cómo les ardía el corazón cuando les explicaba las Escrituras. Aun cuando tenían miedo, regresan esa noche en medio de los peligros a Jerusalén y se encuentran con la comunidad reunida. Hay alegría plena en el corazón de todos. La vida cristiana no está completa si falta el testimonio de lo que vivimos con el corazón y los ojos de la fe bien abiertos: la presencia del Resucitado que transforma nuestras vidas. «...Las Concepcionistas… se convierten en semilla fecunda que del surco apunta para la Resurrección, en contemplación, donde Cristo renace al mundo y en anuncio peculiar de la muerte del Señor hasta que Él vuelva.» (C.G. 61) Es en la Eucaristía donde mejor se expresa lo que quiere comunicarnos este episodio del Evangelio de Lucas: acudimos con nuestra vida de toda la semana, la confrontamos con la Palabra de Dios que escuchamos y que nos explica, nos nutrimos con el pan de vida que Jesús bendice y parte para nosotros, y salimos del banquete apresurados para testimoniar lo que hemos vivido. Esto es lo que obra el buen Kerygma.

PARA REFLEXIONAR:

Jesús se aparece en el camino de nuestra vida ¿Qué me impide percibir su presencia? ¿Cuáles son los obstáculos que pongo para creer en Jesús? Cuando leo y medito las Sagradas Escrituras ¿Mi corazón arde de alegría y amor? ¿Me doy cuenta que para encontrarme con Jesús, el mejor método es conocer las Sagradas Escrituras? Los discípulos lo reconocieron al partir el Pan. ¿Cómo es mi participación en la Eucaristía? Los discípulos vencieron el miedo y las adversidades porque lo que tenían en el corazón era más grande. ¿Cuáles son las adversidades que yo debo superar para que mi vida sea anuncio de Cristo y signo de la "presencia de Cristo resucitado”?

PARA REZAR:

Gracias Señor por tu Palabra Salvadora. Confiamos que Tú estás con nosotros(as) en el camino de la vida y en nuestra historia.

Que sepamos reconocerte Señor. Quédate con nosotros, Señor, porque atardece; que el camino es arduo, y fuerte el cansancio.

Quédate para decirnos tus palabras vivas que serenan la mente y remueven el alma.

Aviva el rescoldo de nuestro pobre corazón, disipa las dudas y quítanos el miedo.

Quédate y purifica rostro y entrañas; abrasa nuestra tristeza; danos esperanza. Pártenos el pan de tu compañía; ábrenos los ojos de la fe adormecida.

Quédate y renueva valores y sueños; danos otra vez tu paz.

Quédate con nosotros, Señor, que el día ya decae, que el camino es arduo, y fuerte el cansancio.

Quédate con nosotros, Señor, para que seamos tus verdaderos(as) discípulos(as).

Amén

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