LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR “Me voy al Padre”

“Me voy al Padre” Es el tema central de los discursos de despedida de parte de Jesús. El Evangelio de todos estos días pasados ha estado repleto de palabras de despedida. Jesús repite una y otra vez estas palabras: “Me voy al Padre.” Y si no lo dice literalmente, se lee constantemente entre líneas. Lo dice con alegría contenida, incluso insinúa a los discípulos que si le quieren, ellos deberían alegrarse. Pero también lo dice con pena porque se da cuenta de la situación en que se quedan sus discípulos. Sabemos las leyes del amor, y a partir de ahí, es fácil comprender que el corazón de Cristo estaba roto por las dos fuerzas tremendas que tiraban de él: el tirón del Padre y el tirón de los amigos. Si toda partida es “partirse”, a Cristo se le estaba partiendo el alma.

Nadie puede dudar del fuerte tirón del Padre que sentía Jesús. No dejaba de hablar del Padre. Con razón se dice que de lo que está lleno del corazón habla la boca. Sin duda Él vivía en el Padre y para el Padre. A su vez, el Padre vivía en Él y para Él. Pero aun viviendo en unidad, el Padre lo atraía más, lo llamada, tiraba de él. Jesús necesitaba ver al Padre, estar con el Padre de otra manera, sentir su calor y la fuerza de su amor.

Ahora, consumada ya su misión y encomendando al Espíritu el cultivo y desarrollo de su obra, es el momento de volver al Padre, del que salió.

Pues este “Me voy al Padre” es lo que celebramos hoy, la Ascensión del Señor. Va derecho al Padre, va a quien es la razón de su vida, el centro de sus ser. Va para descansar en el Padre. Si algo de esto se puede decir del hombre: ”Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está desosegada hasta que no descanse en ti”, ¿qué podemos decir de Jesús? Ahora Jesús descansará plenamente y recibe gloria- amor dentro del mismo Padre, dentro de su inmenso corazón.

En medio de estas palabras de despedida, Jesús se esfuerza en dar una respuesta a esta segunda llamada del amor. No sólo trata de consolar a sus discípulos, sino quiere convencerse y consolarse a sí mismo: siempre que habla a sus discípulos de marcharse, les busca una razón consoladora. Si tantas veces les dice que se va al Padre, otras tantas les justifican su partida:

  • Me voy, pero vuelvo. No tardaré mucho.
  • Me voy, pero me seguiréis más tarde.
  • Me voy, pero no me olvidaré de vosotros. Os llevo en el corazón.
  • Me voy, pero os estaré preparando un sitio.
  • Me voy, pero me volveréis a ver. Será para vosotros una alegría inextinguible.
  • Me voy, pero os llevaré conmigo y ya nada nos podrá separar.
  • Me voy, pero saldréis ganando, porque mi Padre y yo os enviaremos al Espíritu de la Verdad, el Amor. Él os acompañará, defenderá maravillosamente y os colmará de los dones de Dios.
  • Me voy, pero intercederé por vosotros ante el Padre y todo lo que pidáis en mi nombre, os los concederá.
  • Me voy, pero yo pido al Padre que cuide de vosotros.
  • Me voy, pero me quedo con vosotros.

La presencia de Cristo contrarresta la pena de la despedida. Se va corporalmente, pero su presencia es muy eficaz a través de la Eucaristía y los Sacramentos; en la Palabra y el amor; el Espíritu que nos da; en los hermanos; en los niños, los enfermos, los pobres…

Jesús lo deja todo lleno de su presencia. Podemos encontrarnos con Él en lo más profundo del alma o en lo más profundo del amor, de cualquier amor verdadero; en lo más profundo del dolor, del deseo y la esperanza… Aunque no lo veamos con los ojos corporales, lo vemos con otros ojos más profundos. Es una presencia íntima, espiritual, transformadora. Es decir, una presencia más rica y eficaz. Por eso nos dice: “Os conviene que yo me vaya. “ Nos lo dice porque salimos ganando al partir al Padre.

Tras su partida, nos encomienda una tarea: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.” Continuar su obra, dar a conocer el amor del Padre, hacer presente a Cristo en cada momento y en cada lugar, vivir en oración, teniendo entrañas de misericordia, pasar por la vida haciendo el bien, perdiendo la vida amando a los demás… Y en eso estamos. Y nada que quedarnos mirando al cielo como personas sin esperanza.

Jesús quiere estar con nosotros. Sus últimas palabras: “Yo estoy con vosotros… hasta el fin del mundo.” ¿Hay mejor despedida que ésta?

¡Gracias Señor por haberte quedamos siempre con nosotros!

 Hna. Celestina Ndangwa 

Monasterio de Montilla

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