DOMINGO DE PENTECOSTÉS ¡Recibid el Espíritu Santo!

En el principio de la creación, el Espíritu del Señor aleteaba sobre las aguas y en él estaba la Vida que iba llenando de vida todo lo creado, de su soplo, de su aliento creativo y creador, donde el hombre y la mujer sobresalen como la obra prima de la creación. Sin embargo, el hombre, en su libertad, intentó alejar el Espíritu de su vida, de su corazón. Intentó porque, aunque haya sido creado con plena libertad, lleva en sí mismo la marca del Amor, esa sed inmensa que le hace desear más y más, esa nostalgia que le hace añorar la vida en plenitud. Como el amor infinito del Padre era tan desmesurado, que no podía ver a sus hijos envueltos en las tinieblas del pecado, decidió recrear todas las cosas en su Hijo Jesucristo por medio de su Espíritu creador.

Esta es la realidad que celebramos en Pentecostés: la alegría de tener la posibilidad constante de ser recreados, reconstruidos, no por nuestras fuerzas, sino por el Espíritu de Dios que está siempre con nosotros, como nos prometió Jesús: «Estaré siempre con vosotros hasta el final de los tiempos». Él es el Consolador, el Defensor; es el fuego que quema y el agua que inunda de dones la vida de quienes arriesgan, no a abrirle la puerta - pues en el Cenáculo no pasó por puertas ni ventanas – sino a desearlo y a pedirlo al Padre, como hicieron los apóstoles y la Virgen María, a esperarlo con dulzura y confianza.

Pero, ¿que habrá pasado efectivamente aquel día en el Cenáculo? Acerquémonos pues… Nos dice el Evangelio que «los discípulos estaban encerrados por medio a los judíos». Claro, si mataron el Maestro, la misma suerte tendrían los pobres discípulos; el miedo era más que natural. No obstante, la característica del Espíritu es alejar al miedo, es traer la paz: «Paz a vosotros. No temáis» y, diciendo estas palabras, Jesús les confía la misión de salir, de salir de sus miedos, de dejar de resguardar sus vidas para entregarlas por el Reino. El Espíritu invita siempre a salir, a anunciar la Buena Noticia: es que después de ver las llagas gloriosas de ese Cristo Resucitado no pueden callar, no pueden fingir que todo lo que han testimoniado no está pasando. Sienten este fuego fortísimo en sus corazones, saben que se trata de algo que supera todo, que supera principalmente sus límites, sus pobrezas y fragilidades y, en esta certeza de no poder apoyarse en sí mismos, salen, salen hasta los confines del mundo.

Gracias a esta docilidad de doce hombres sencillos al Espíritu Santo llegó el Evangelio de la salvación hacía nosotros, así mismo de nuestra docilidad también dependerá la felicidad de tantos hermanos. Pidamos, pues, con confianza cada día: «Ven Espíritu Santo y llena los corazones de tus fieles, enciende en ellos el fuego de tu amor!»

Hna. Inês Bigodinho 

Monasterio de Campo Maior

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