“EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO”

Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Hoy celebramos el amor en el cual “vivimos, nos movemos y existimos" (Hechos 17, 28).

“En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Así comenzamos todas nuestras tareas, así comenzamos todas nuestras liturgias y vemos cómo todo está cercado por este gran gesto. «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.» (Juan 3,16)
Al contemplar el gran amor de Dios, eso nos lleva a examinar nuestra manera de amar, a ver cómo nos abrimos a los demás, cómo nos comunicamos, cómo nos damos, porque amor es darse. Quizás necesitamos de un encuentro más profundo para descubrir aún más el amor de Dios, para después amar a los demás. El misterio trinitario nos lleva a una actitud de donación: el Padre se da totalmente al Hijo, el Padre y el Hijo se dan al Espíritu Santo y los tres se dan al hombre. Fijémonos, pues, para darnos cuenta de cómo es nuestro amor. La Trinidad es solamente amor, tres personas diversas, distintas, pero un amor que no es imposible…

Cuántas veces nosotros con diferencias, con conflictos, sabemos hacer que nazca el amor, esa imagen unitaria, trinitaria que es Él, esa imagen que nos lleva a amar. Cuántas veces tenemos que aprender esta forma de amar: tanto amó Dios al mundo que se entregó y dio su vida por ti y por mí.

Frente al misterio insondable de la Santísima Trinidad, en el encuentro personal con nuestro Dios, sólo debe brotar de nuestros corazones las siguientes actitudes: dar gracias a Dios Padre porque nos ama, nos cuida, vela por nosotros; al Hijo, que se entrega, que se entrega con tanto amor, hasta dar la vida; y al Espíritu, que nos da fuerza para amar.

El Dios de los cristianos no es un Dios solitario, lejano y aburrido. Es familia, comunidad, que se acerca hasta nosotros para introducirnos en su intimidad. Él vive en nuestros corazones como en un templo.
Entra en el misterio…

¡Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo!

Hoy se celebra también la Jornada pro Orantibus, en torno al lema: “Contemplad el mundo con la mirada de Dios”. Pues, las preguntas para reflexionar se vuelven hacia los que no pertenecen a nuestras comunidades:

¿Qué hace en la Iglesia una comunidad contemplativa? ¿Qué provecho alcanza de ello la sociedad de nuestro tiempo?
Los contemplativos responden a una vocación de Dios, que se convierte en profecía para todos: amar y buscar a Dios sobre todas las cosas, y son para la sociedad una invitación al silencio para encontrarse con Dios y restaurar nuestras fuerzas.

¡Que no falten en la Iglesia, hombres y mujeres, que deseen de todo corazón “Sólo Dios”!

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