CONTEMPLANDO TU CORAZÓN

“Junto al Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a conocer el sentido verdadero y único de su vida y de su destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a evitar ciertas perversiones del corazón humano, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo” (San Juan Pablo II )

Y ¿qué es su Corazón?
Es misterio de amor, misericordia, bondad infinita, ternura, compasión, el corazón de un Dios que se conmueve, se estremece y derrama todo su amor sobre la humanidad.

  • “He aquí el corazón que tanto ha amado a los hombres” (Sta. Margarita María de Alacoque)
  • “El corazón de Jesús es el símbolo por excelencia de la misericordia de Dios, pero no es un símbolo imaginario, es un símbolo real que representa el centro, la fuente de la que ha brotado la salvación para la entera humanidad” (Papa Francisco.)
  • “En el Sagrado Corazón está el símbolo y la imagen expresa del amor infinito de Jesucristo, que nos mueve a amarlo en correspondencia” (Papa León XIII)

El Corazón de Jesús nos invita a llegar al corazón, es decir, a la interioridad, a las raíces más sólidas y profundas de nuestra vida , ya que nosotros solos no podemos construirla.

Como contemplativas estamos llamadas al encuentro con Él, ya que la oración es nuestro primer y principal deber (cf. CC.GG. art. 74)
Cristo sale a nuestro encuentro, siempre toma la iniciativa, nos pide de beber como en el encuentro con la samaritana, tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios quien nos desea… La oración, por tanto, es el encuentro de la sed de Dios y la sed del hombre; Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él. En expresión de San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti.”
Su corazón quiere habitar en el nuestro, por eso acudamos a Él, porque su corazón misericordioso nos espera, nos mira… no tengamos miedo a acercarnos a Él, ya que es Todo Misericordia; mostrémosle nuestras heridas interiores, nuestras limitaciones, nuestra realidad. Jesús nos quiere pequeños y humildes, como los anawin, los pobres, los humildes, los pacientes, los justos, los que temen al Señor; para reconocer que no somos autosuficientes, a salir de nuestras seguridades, de nuestra comodidad, rutina, de nuestros apegos, a salir de nosotras mismas y fiarnos de Él,… nos pide que le imitemos en aquello que constituye el fondo de su Corazón: su sencillez y su humildad. “Habiendo amado a los suyos que están en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1)

Nuestra misión es indispensable para la Iglesia y para el mundo. Llamadas por Dios y enamoradas de Él, vivimos nuestra existencia totalmente orientadas hacia la búsqueda de su rostro, deseosas de encontrar y contemplar a Dios en el corazón del mundo (Vultum Dei Quaerere nº 2)

Nos exige, pues, fidelidad plena a Cristo y unión incesante con Él, a permanecer en su amor, saboreando la certeza de ser elegidas y amadas por Él y mirando a su corazón, renovaremos siempre el primer amor, amor que un día nos sedujo y nos quiso para sí, amor que no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido; solo en Él encontraremos la fuente del amor dulce y fiel que nos deja libres para elegir, pero nos hace libres y pobres en el espíritu (Mt 5, 3) y solo la persona humilde goza de tal libertad y desprendimiento, goza de esa paz profunda y sosiego que solo en el corazón de Dios lo encuentra. Y ya no será un corazón bailarín, que se deja atraer por las seducciones del momento, o que va de aquí para … será entonces un corazón más arraigado en el Señor, cautivada por las mociones del Espíritu Santo que se dirige en nuestro interior, para que así Cristo habite por la fe en nuestros corazones (Ef. 3, 16-17) y cuando Cristo, con la fuerza del Espíritu, habite por la fe en nuestros corazones humanos, entonces estaremos en disposición de comprender con nuestro espíritu humano (Ef 3, 18-19)

Ante las palabras de Pablo, cada una de nosotras nos podemos preguntar sobre la medida de nuestro propio corazón: ¿A dónde se orienta mi corazón, dónde se fija, a dónde apunta, y cuál es el tesoro que busca? Porque dice Jesús: “donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt, 6, 21) Solo Dios conoce nuestro corazón, cada una de nosotras puede responder en su propia conciencia, pero, sobre todo, podemos decirle al Señor: Señor Jesús, haz que mi corazón sea cada vez más semejante al tuyo, pleno de amor y fidelidad.


¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío! Es el corazón que más nos ha amado, y nos ama, es el único fiel, es el que nos quiere como somos, es nuestro modelo, por eso nos invita a aprender de Él. ¡Haz, Señor, que mi corazón sea semejante al tuyo: manso y humilde, compasivo y misericordioso!
Y dirijamos a la Virgen María, Corazón Inmaculado, Corazón de Madre que nos ayude a contemplar el Corazón de Dios hecho hombre por Amor.

 

Hna. Glendy Noelia Xocop
Monasterio de la Purísima Concepción de Lebrija (Sevilla)

 

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