TERCER DOMINGO DE CUARESMA


La liturgia de hoy nos presenta un desafío tremendo: ver en el mismo Cristo, en su cuerpo crucificado, en el silencio de la Cruz, la más elocuente sabiduría y la más enorme fuerza de todos los tiempos.
Sabemos que en tiempos de Jesús, la cruz era el objeto más horrible a los ojos de un buen romano, y para un piadoso judío era signo de maldición divina.

Para los contemporáneos de Jesús el escándalo debió de ser enorme. ¡A quién se le ocurre hacer de la cruz el signo más elocuente de la sabiduría de Dios y del cristianismo! Ciertamente no a los hombres, pero se le ocurrió a Dios… ¿Por qué morir en una cruz? ¿Sería necesario llegar a tanto? Nuestra inteligencia, apoyada demasiado en lógicas puramente humanas, rechaza todavía hoy esta forma que Dios ha encontrado para revelarnos todo su amor, la plenitud de su misericordia, en el rostro “sin apariencia humana” del Crucificado.
La sabiduría de Jesucristo brilla con una fuerza particular en la locura de la cruz. Esto si dejamos incidir la luz de la cruz sobre nuestras existencias… Ante la figura de Cristo Crucificado, la sabiduría humana o cae de rodillas en actitud de reconocimiento de una ciencia misteriosa y superior, o se rebela y sucumbe bajo el peso insoportable de algo que sobrepasa el humano razonamiento. Solo hay estas dos actitudes, no hay término medio…
Quizás esto fue lo que no comprendieron ni los judíos, ni los vendedores del Templo cuando Jesús los expulsa de ahí y afirma ser Él el verdadero templo. La gran seguridad espiritual del pueblo de Israel se asienta en el Templo de Jerusalén, ¿y ahora viene este galileo, alegando que en tres días reedificará el Templo? Imposible de entender. ¿Estará loco? Pues sí. Es la locura de la Cruz que habla San Pablo. ¿Lo comprenderemos nosotros, a quien se ha dado ver los frutos de la sangre derramada de Jesucristo?
Ya no son necesarios holocaustos ni sacrificios para el culto divino, sino que el verdadero y único sacrificio es el Cuerpo del Hijo de Dios y de María traspasado en la cruz. Este es el sacrificio que agrada al Padre, pues es expresión de una obediencia y confianza en su amor llevada al grado supremo. Jesús sabía que el Padre no lo defraudaría y que, aunque tuviera que pasar por la muerte, no lo dejaría jamás. Por esta confianza abandonada en los brazos del Padre, alcanzó la Vida, como nos dice el autor de la Epístola a los Hebreos: “En los días de su vida terrena, Jesús presentó oraciones y suplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podría librar de la muerte, y fue atendido por su piedad.” (Heb 5,7).
Pero lo sorprendente es que el amor de Dios no se queda por aquí. También nosotros, en y con Jesús, somos templos de Dios. Nuestra fragilidad y miseria es verdaderamente habitada por el Creador del cielo y de la tierra. El que no cabe en ningún espacio, vive en el corazón de sus criaturas… ¡Oh misterio admirable! ¿Y cómo puede Él venir hacia nuestros corazones tantas veces ensuciados por el desamor, el egoísmo, la autosuficiencia, la soberbia, etc.? Pues sí, hasta ahí va su condescendencia. Baja a nuestra debilidad para curarnos, como el medico que tiene que sentir el olor de las heridas más infectadas al mismo tiempo que sana al enfermo.
¡Cuántas veces me olvido de que si Dios habita en mí también habita en mis hermanos! El Cuerpo de Cristo, el templo del Dios vivo es aquel hermano que no me cae muy bien, o aquel otro que no comparte mi opinión… El rostro del Crucificado lo puedo ver en el rostro de mis hermanos. Una vez más la locura de la cruz. Y una vez más solo hay una actitud: o lo acojo, reconociendo humildemente la presencia del Señor, o cierro los ojos para lo ver, pues mi razón no permite hacer bajar mi corazón hacia el desvalido.
Que, a lo largo de esta Tercera Semana de Cuaresma, el Señor me dé la gracia de vivir agradecido a su amor, a su cruz redentora y salvadora, y que viva despierto para mis hermanos, templos de Dios donde él me espera para un encuentro íntimo y para llenarme de Él mismo.
Hna. Inês Bigodinho
Comunidad de Campo Maior (Portugal)

 

 

 

 

 

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