IV DOMINGO DE CUARESMA


Las lecturas que la Liturgia nos propone en este IV Domingo nos presentan la imagen real de Dios verdadero: un Dios rico en misericordia, un Dios que, ante las continuas infidelidades del pueblo, “le envía mensajeros a diario porque sentía lástima de su pueblo y de su morada” (2Cro 36, 15)

y por el gran amor con que nos amó… nos hace revivir con Cristo, pues por gracia estamos salvados, por puro don de Dios, no por nosotros ni por nuestras obras para que nadie pueda presumir, revelándonos así la inmensa riqueza de su gracia.
Es un Dios que salva porque no puede dejar de amar a su pueblo, a sus criaturas, de forma gratuita y agraciada. Y es tal la locura de su amor que llega a entregar a su propio Hijo para que recuperemos nuestra antigua dignidad. O dicho de otro modo, la condición que Dios establece para salvarnos es mirar a Jesús, mirarlo en la cruz, que es lo mismo que decir creer en Jesús para adquirir una vida nueva, eterna. “Tanto amó Dios al mundo” no podía amarlo más. Jesús en la cruz será su mayor manifestación de amor. Levantado en cruz, -la muerte más ignominiosa-, víctima de un amor traicionado, proclama que su amor es más grande que la traición. Así ser creyente es creer en el Amor de Dios, manifestado en Cristo. Este es el centro y culmen de nuestra fe. Amor manifestado al mundo, a cada uno de nosotros. Amor que implica aceptación, dejarse amar por ese Amor.
En el Evangelio de la semana pasada, Jesús quiso significar con la expulsión del templo de los mercaderes y cambistas, la inutilidad delos sacrificios, hoy, hablando con Nicodemo, -que bien podemos ser uno de nosotros-, le explica la nueva relación con Dios: como el pueblo de Israel en el desierto que cuando fue atacado por las serpientes, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado (Núm 21,9) “así tiene que ser levantado el Hijo del hombre” para que el hombre, mirándolo, se cure, se salve. No se trata de una exaltación de poder dominante, sino del poder del Amor. La cruz siempre será la cátedra del Amor. Amamos la cruz, no por ser cruz, sino porque desde ella y en ella se nos dio una gran lección de amor. Besamos la cruz, no por ser cruz, sino porque en ella besamos y amamos al Amor. Por eso la cruz nos evoca extremo: “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo.” Aceptar este Amor es entrar ya en la vida eterna, en un proceso de cristificación, que culminará cuando nos encontremos definitivamente con el Dios-Amor. Mientras tanto saborearemos en el camino lo que nos espera, sabiendo que la luz vino al mundo y que muchos la detestaron para ocultar sus obras malas, pero el que obra la verdad se acerca a la luz.
¡Feliz domingo de la alegría!

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