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SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA “Dichosos los que creen sin haber visto”


“Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.” Es el salmo que cantamos en este Segundo Domingo de Pascua, el Domingo de la Misericordia.
La Misericordia del Señor es infinita. Y si no, que lo diga tanto el santo como el pecador, que lo diga el niño y el anciano, que lo digan los pequeños y los pobres, que lo digan los hombres de todas las razas, de toda clase y condición: ¡Qué grande es la misericordia del Señor!


El Evangelio nos presenta a Tomás, el discípulo que, en parte ha ganado a pulso el calificativo de “incrédulo”. Pero resulta que lo hemos envidiado secretamente porque tuvo la gran suerte de palpar las llagas de Jesús. Lo mismo que también hemos envidiado abiertamente a los discípulos que vieron a Jesús. ¡Dichosos ellos! ¿Qué más se puede desear en esta vida? Ver a Cristo y después morirse, si cabe. ¿Qué más se puede desear en esta vida? Palpar a Jesús, ¡ya sería alucinar!, como Tomás
Y sin embargo, Jesús dice que es mejor no ver. “Dichosos los que creen si haber visto.” La visión puede ser algo muy bonito, pero hace inútil la fe. Ver y creer son cosas contrapuestas. Ahora es el tiempo de la fe, así que no pidamos visiones ni apariciones… Nada. Ninguna de esas cosas ayuda a la fe. A veces quisiéramos tener pruebas enteramente convincentes de lo que creemos, como Tomás. Y nunca lo conseguiremos porque el misterio siempre es más grande, porque Dios siempre es más grande; y dichosos nosotros, aunque nos parezca quedar flotando en el vacío.
Sabemos muy bien que la fe es la que obra milagros, la que transforma y dinamiza toda la vida. “Enséñame tu fe sin obras y yo por las obras, te probaré mi fe…” Nos lo dice el Apóstol Santiago. La fe es nuestra victoria, porque se apropia de la misma fuerza de Dios. “Todo el que cree en Jesús ha nacido de Dios y todo el que ha nacido de Dios vence al mundo.” Creer en Jesucristo Resucitado es llenarse de la fuerza y la alegría de la Resurrección.
Dichosos lo que crean sin hacer visto. Nosotros somos de los que no hemos visto y creemos. Es simplemente un don. No hemos visto a Jesús y creemos en Él y le amamos con todo el corazón y con toda el alma. No lo hemos visto, pero lo presentimos o lo llegamos a sentir. Por encima de las oscuridades y de las dudas, a pesar de la distancia y de los pecados, sentimos su presencia en nuestra vida, como una luz poderosa, como un aliento continuado, como un amor íntimo y secreto. Hemos casi escuchado su Palabra, cuando habla desde dentro; hemos casi contemplado su rostro, aunque como en un espejo; hemos casi palpado sus llagas que aún queman y purifican. No lo hemos visto, pero hemos sentido los efectos de su presencia salvadora y liberadora. No lo vemos, pero estamos totalmente convencidos de que Él nos acompaña, está en nosotros, en lo más íntimo de nuestra ser. Y esta convicción nos lleva a descubrir su presencia reflejada en las personas, en las cosas y en los acontecimientos. Es la imagen del Amado, que se proyecta en todo.
Por lo tanto, no envidiemos a los discípulos de Jesús porque no somos menos afortunados que ellos. ¡Dichosos lo que creemos si haber visto!
¡Feliz Domingo de la Divina Misericordia! ¡La Misericordia del Señor dura por siempre!

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