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SEXTO DOMINGO DE PASCUA Dios ama. Cristo ama. Nosotros nos amamos. Nosotros somos amados


Cristo lo que ha hecho es enseñarnos a conjugar el verbo amar en todos sus tiempos y sus modos. Nos amó y nos ama, nos ha amado y nos amará, nos amaba y nos amaría en cualquier circunstancia y condición. Este es, sin duda, el primer verbo que tenemos que aprender, por activa y por pasiva, en todas las formas y en todas las lenguas posibles.


Si Dios es amor, no pude hacer otra cosa que amar. Si en algún brevísimo instante se cansara de amar, o si dejara de amar a la más insignificante de sus criaturas o la más indigna de su amor, Dios dejaría de ser, se convertiría en otra cosa. Si Dios es amor, por definición, siempre amará. ¡Qué gran consuelo para cada uno de nosotros!
La explosión divina de amor lo podemos escuchar en cada momento, basta que apliquemos el oído a nuestro propio corazón. Cuando notas en ti sentimiento de amor, estás escuchando un eco del amor de Dios. Dondequiera que encuentres dos personas que se quieren, muchas personas que se entregan, podrás escuchar el eco del gran Amor. Por eso, “amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios.” Una reacción de amor en cadena que no cesa nunca.
Cristo nos ha amado a la manera de un Dios: toda la fuerza, la intensidad, la generosidad del amor de Dios en el corazón.  Toda su vida, y, sobre todo, su muerte pascual, fue una sintonía del amor de Dios. Un amor tan grande, tan nuevo, tan intenso, que no sabía cómo expresar; fue algo que impresionó a sus discípulos y nos sigue impresionando a todos los que creemos en Él.
El amor de Cristo es un amor que salva y que libera; un amor que sana y restablece; un amor que defiende y lidera; un amor que enseña y guía; un amor que sirve y ayuda; un amor que entrega y comparte; un amor que intima y conforta; un amor que se da y se entrega; un amor que vence y resucita.
El eco de este amor resuena también en nuestro corazón. El Evangelio de hoy nos lo dice muy claro. Si Dios nos ha amado tanto, si Cristo nos ha amado tanto, “permaneced en mi amo.” Es decir, dejémonos amar, abramos nuestro corazón al amor, guardemos ahí la semilla, dejémonos contagiar de este amor. Y continua: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis  en mi amor.”  Y entonces si nos dejamos amar, no podremos hacer otra cosa que amar, de amarnos de la misma manera que Él nos amó.
Termino este comentario con esta reflexión que me ha llegado muy dentro: “Amar es llenar de luz y de esperanza a quien está atribulado o sufre física, moral o espiritualmente”. ¡Qué manera de amar más sencilla y practica!
¡Feliz Domingo, Feliz Día del Señor a todos!
       Hna. Celestina Ndangwa Muthusi
       Monasterio de Montilla (Córdoba)

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