SOLEMNIDAD DE CRISTO REY

¡Que Cristo sea el centro de nuestros pensamientos, palabras y obras!
Celebramos la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, la cúpula del edificio del año litúrgico,

que así se encierra, antes del inicio del nuevo año, con el primer Domingo de Adviento, preparando la Natividad del mismo Rey y Señor, que nace en un original palacio real – la gruta de Belén, y tiene por trono un pesebre. La vida de este Rey fue vivida en la simplicidad, asumiendo por largos años la vida común de un trabajador en el pueblo de Nazaret y así ha declarado que era su estilo de autoridad: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.» (Lc 22, 27). La originalidad de este Rey llegó a la cumbre cuando nos ofreció su vida en el Calvario, teniendo por trono real la cruz, donde murió por nuestro amor.
Celebrar el reinado de Cristo es una lección para nosotros de servicio, de humildad, de asumir la propia cruz con amor, para vivir al modo del señorío de Cristo, según el prefacio de la Misa: “un reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz”. Dejemos que sea el Santo Padre quien nos diga cómo entrar y vivir según este reino de felicidad eterna:
« Cristo está en el centro, Cristo es el centro. Cristo centro de la creación, del pueblo y de la historia. (…) Esta imagen nos ayuda a entender que Jesús es el centro de la creación; y así la actitud que se pide al creyente, que quiere ser tal, es la de reconocer y acoger en la vida esta centralidad de Jesucristo, en los pensamientos, las palabras y las obras. Y así nuestros pensamientos serán pensamientos cristianos, pensamientos de Cristo. Nuestras obras serán obras cristianas, obras de Cristo, nuestras palabras serán palabras cristianas, palabras de Cristo. En cambio, La pérdida de este centro, al sustituirlo por otra cosa cualquiera, solo provoca daños, tanto para el ambiente que nos rodea como para el hombre mismo. (…) Cristo es el centro de la Historia de la Humanidad, y también el centro de la historia de todo hombre. A él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón. (...) En este día, nos vendrá bien pensar en nuestra historia, y mirar a Jesús, y desde el corazón repetirle a menudo, pero con el corazón, en silencio, cada uno de nosotros: “Acuérdate de mí, Señor, ahora que estás en tu Reino. Jesús, acuérdate de mí, porque yo quiero ser bueno, quiero ser buena, pero me falta la fuerza, no puedo: soy pecador, soy pecadora. Pero, acuérdate de mí, Jesús. Tú puedes acordarte de mí porque tú estás en el centro, tú estás precisamente en tu Reino.” (…) La promesa de Jesús al buen ladrón nos da una gran esperanza: nos dice que la gracia de Dios es siempre más abundante que la plegaria que la ha pedido. El Señor siempre da más, es tan generoso, da siempre más de lo que se le pide: le pides que se acuerde de ti y te lleva a su Reino.
Jesús es el centro de nuestros deseos de gozo y salvación. Vayamos todos juntos por este camino.»
(Homilía del Papa Francisco en la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Rey del universo, 24 de noviembre de 2013)

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