MIÉRCOLES DE CENIZA

Hay una tendencia natural en todo hombre y mujer de que se le recompense siempre que haga algo bien. Cuando somos pequeños, muchas veces es por medio de un premio o regalo que se realiza nuestra motivación a hacer lo que tenemos que hacer; la misma base de la educación se asienta en premio/castigo. Nuestros padres y educadores actuaban con nosotros de este modo: nos daban un regalo si nos portábamos bien, si comíamos la comida, si tomábamos la medicina, si sacábamos buenas notas en el colegio, etc.; por el contrario, nos era prometido un castigo si nada de esto hacíamos… 

Aun ahora no siendo niños, caemos en la cuenta de que muchas veces actuamos con vista a ser reconocidos y alabados. Vemos que ya de mayores algunas veces actuamos para ser vistos por los demás, porque nos gusta llamar la atención en medio de un grupo de amigos o incluso en la propia familia o comunidad. Está muy arraigado en nosotros el deseo-necesidad de recibir una respuesta positiva a nuestra forma de actuar, especialmente cuando nos parece que, de verdad, todo lo hacemos bien, digno de honor y alabanza. Y no digamos cuando hemos hecho un acto de caridad a otra persona… en estos casos pensamos que todos deben darse cuenta de tan admirable generosidad.

San Mateo, en el Evangelio de hoy, nos trastorna todo el sistema. Mejor, Jesús nos remueve y revuelve todo… pues nos enseña completamente lo contrario. Dice que ni siquiera la mano izquierda se debe enterar de lo que hace la derecha, que hagamos lo que tenemos que hacer en el secreto. Nos habla de los tres pilares importantísimos para la cuaresma, que conocemos de sobra: oración, ayuno y limosna y que los debemos llevar a la vida, sin que nadie se entere. ¿Como? Eso. No hay necesidad que nadie vea mi oración más que mi Padre que está en los Cielos. No hay necesidad que nadie vea mi ayuno sino que lo vea mi Señor Jesucristo, a quien digo que consagré mi vida. No hay necesidad que nadie vea mis pequeñas obras de caridad, si no es el Espíritu Santo que me dará aliento para seguir buscando el Bien.

El Señor, cuando quiere que le ofrezcamos un sacrificio, un acto de generosidad, de caridad o servicio a los hermanos, un rato a solas con Él, quiere que se lo ofrezcamos sólo a Él y para Él, con verdadera pureza de intención, de corazón. Es cosa mía y de Él. Es decir, hacer las cosas sólo por amor a Cristo, esperando la recompensa no del aplauso de los hombres sino de Dios. Al final son pequeñas formas de manifestar en la vida del día a día, ahí donde Dios nos puso, la correspondencia de amor de nuestro pobre corazón al Amor infinito del Padre. Y ya todos hemos experimentado el vacío de hacer algo para ser visto y lo poco que esos aplausos nos llenan, lo poco que duran, lo volátiles que son…

Por eso es bueno no olvidar quien somos. Somos polvo y polvo volveremos a ser, sin embargo, lo que interesa es que este polvo sea de Dios, pertenezca a Cristo, y vivamos en este esfuerzo de acercarnos cada día más a Él, levantándonos, arrepentidos, prontamente después de una caída. La cuaresma es un tiempo propicio donde somos invitados a volver nuestra mirada a la Misericordia Encarnada y Crucificada por nuestro amor; donde se nos invita a un creer con mucha valentía y confianza en la misericordia y ternura del Padre, que siempre sale al camino a ver cuando llegamos para cogernos en brazos. Dios nos da todos los días la oportunidad de arrepentirnos.

Aprovechemos este tiempo de gracia en que Dios nos ofrece su perdón con especial generosidad. Vivámoslo pues a tope, aprovechando la gracia de cada de uno de estos 40 días.

 

 

 

 

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