PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

La experiencia del desierto es una de las cosas más propias de la Cuaresma; un símbolo grandioso que nos habla de desapego, de austeridad, de soledad, de lucha, de tentación. Todo esto tiene que ver con la Cuaresma, que nos prepara y ejercita para seguir hasta la Pascua, para vaciarnos de todo lo que no sea Dios.

Los desiertos de nuestro tiempo: geográficos, sociales, humanos, espirituales… nos hablan de marginación y dureza, de dificultad y de lucha; pero también de fe y esperanza, de oración y compromiso.
El hecho de que Jesús fuera al desierto es buena noticia porque estas experiencias están ya redimidas y pueden ser redentoras. Y no fue al desierto por capricho o curiosidad sino empujado por el Espíritu Santo para dejarse envolver más por el amor del Padre, para estar a solas con él. Es un claro ejemplo de cómo debemos afrontar el desierto en nuestras vidas.

El desierto, lugar para la intimidad y el amor, pero también un lugar para la prueba, para el combate. Jesús nos enseña y nos ayuda. La sequedad, la soledad, el despojo, los recuerdos, las dudas… No hay ningún colchón para descansar. Y entonces surge la tentación. Pero solo dura un momento o lo que dure. Lo más importante es ver a Dios en medio de la tormenta. Y esta prueba nos purifica y nos vacía. Luego vienen los buenos pensamientos y la dulzura interior. Vienen los ángeles y nos sirven. Ahora se oye el viento del desierto, pero es el viento penetrante del Espíritu.

Buen camino cuaresmal a través del desierto de nuestro corazón.

 

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