¿QUIÉN NO TIENE PECADO?

Hemos llegado al quinto domingo de Cuaresma, en el que la liturgia nos propone, este año, el episodio evangélico de Jesús que salva a una mujer adúltera de la condena a muerte.
Esos hombres piden a Jesús que juzgue a la pecadora con la finalidad de "ponerlo a prueba" y de impulsarlo a dar un paso en falso.

La escena es muy fuerte y está cargada de dramatismo: de las palabras de Jesús depende la vida de esta mujer, pero también su propia vida. Según lo que diga Jesús, así actuaran los fariseos, pues sus acusadores hipócritas fingen confiarle el juicio, mientras que en realidad es precisamente a él a quien quieren acusar y juzgar. Jesús, en cambio, está "lleno de gracia y de verdad", no hay en Él doblez y sabe mejor que nadie lo que hay en el corazón de cada hombre; quiere condenar el pecado, pero salvar al pecador y desenmascarar la hipocresía.
Hay en este evangelio un detalle interesante: mientras los acusadores lo interrogan con insistencia, Jesús se inclina y se pone a escribir con el dedo en el suelo. Mucho se ha discurrido de este gesto, sin embargo, San Agustín observa que el gesto muestra a Cristo como el legislador divino: en efecto, Dios escribió la ley con su dedo en las tablas de piedra. Jesús, por tanto, es el Legislador, es la Justicia en persona. Y ¿cuál es su sentencia? La misericordia: "Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra". Estas palabras están llenas de la fuerza de la verdad que desarma, que derriba el muro de la hipocresía y abre las conciencias a una justicia mayor, la del amor, en la que consiste el cumplimiento pleno de todo precepto y la plenitud de la Ley.
Cuando los acusadores "se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos", Jesús, absolviendo a la mujer de su pecado, le señala la oportunidad de una nueva vida - que quizás ella misma no habría pensado que sería posible - la introduce en esta nueva vida, orientada al bien: "Tampoco yo te condeno; vete y en adelante no peques más". Es la misma gracia que hará decir al Apóstol: "Una cosa hago: olvido lo que dejé detrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús".
Nos queda el desafío para esta semana, para la cuaresma y para toda la vida: aprender de Jesús a no juzgar y a no condenar al prójimo; a reconocer que no somos mejores que nadie, que somos tan adúlteros como esta mujer, que traicionamos al Señor cuando somos seducidos por el mal, que algunas veces somos hipócritas y fingidos como los fariseos…
Sin embargo, sabemos que Dios sólo desea para nosotros el bien y la vida. Como Padre de misericordia nos mira con benevolencia y amor y se ocupa de cada uno de nosotros, liberándonos del mal tantas veces como hayamos caído y reconocido con humildad nuestro mal paso. Siempre espera compadecido que volvamos a Él y pidamos perdón.

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