Existe una luz sin ocaso

Hay cosas que logramos ver, otras se nos escapan. Crecen a ritmo vertiginoso los conocimientos científicos que nos permiten examinar, controlar, cuantificar todo lo que es material. Despiertan nuestra curiosidad y nos apasionan, nos hacen sentir orgullosos hasta el punto de inducir a algunos a creer que exista y sea verdadero solamente lo que puede ser visto con los ojos, contrastado con los sentidos, verificado con los instrumentos del laboratorio.
Pero la presunción de tener bajo control toda la realidad deriva de un defecto de visión, de la privación de aquella mirada interior y espiritual que nos permite vislumbrar, barruntar los misterios de Dios, el sentido de la vida y la muerte y el destino último de la historia humana.

Existe también otra ceguera, la del que cree poseer la luz y saber dar el justo valor a cada cosa: al dinero, al éxito, a la carrera, a la sexualidad, a la salud y a la enfermedad, a la juventud y a la vejez, a la familia, a los hijos…pero que ha sacado sus certezas de la escala de valores de este mundo; las ha deducido –quizás si darse cuenta– de las pulsiones y de emociones del momento, de cálculos interesados, de ideologías y sistemas económicos contaminados por el pecado, de charlas de salón: luces falsas, destellos poco fiables, fuegos fatuos, deslumbramientos engañosos.
“La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo” (Jn 1,9): Cristo, que ha llegado para disipar nuestras tinieblas, iluminar nuestras noches e introducirnos en la familia de los que son “ciudadanos de la luz y del día” (1 Tes 5,5).
Para interiorizar el mensaje, repetiremos: “Tú eres la luz del mundo. Quien te sigue tiene la luz de la vida”.

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