“Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará”

La lectura del Evangelio de este Domingo trae los versículos iniciales del capítulo diez de San Juan, que contiene la parábola llamada “del Buen Pastor” debido a que el Señor Jesús se compara a sí mismo con un pastor bueno que da la vida por sus ovejas. El pasaje completo se lee consecutivamente a lo largo de tres años, cada cuarto Domingo de Pascua. Por esta razón a este Domingo se le conoce también como el Domingo del Buen Pastor.

Debido al profundo vínculo existente entre Jesucristo, el Buen Pastor, y todo sacerdote suyo, el Papa Pablo VI decretó que en este mismo Domingo se llevara a cabo una jornada mundial de oración por las vocaciones al sacerdocio. Así pues, este Domingo toda la Iglesia se une en una jornada de oración por las vocaciones al sacerdocio, extendiendo la oración también a todos aquellos que están llamados a la vida consagrada.

Hoy se habla muchas veces de crisis de vocaciones en la Iglesia aunque más propiamente habría que hablar de una crisis de respuesta. Son muchos los llamados, pocos los que responden. El Señor Jesús, que conoce a cada una de sus ovejas, no deja de pronunciar hoy el nombre de aquellos que están llamados, no deja de convocarlos a su seguimiento con aquel radical “sígueme” con el que invitó a sus Apóstoles a dejarlo todo (ver Mt 8,22; 9,9; 19,21; Lc 9,59; Jn 1,43; 21,19) para estar con Él y enviarlos al mundo entero a anunciar su Evangelio y ser ministros de la reconciliación (ver 2 Cor 5,18-19).

La vocación no es algo que aparece en el transcurso de la vida. Está grabada en la estructura de la persona desde su concepción. Amado y pensado por Dios para ser sacerdote, para ser profeta, para ser apóstol del Señor, lo ha formado así desde el seno materno (ver Jer 1,5). El llamado lleva en su interior un como sello de fuego, que le reclama llegar a ser lo que está llamado a ser. Por ello cada joven tiene la imperiosa necesidad de preguntarse seriamente sobre su vocación y la misión que Dios le ha confiado en el mundo, aquello para lo que ha nacido. El Señor, quien nos conoce hasta lo más profundo, quien nos ama entrañablemente, es quien nos mostrará también nuestra particular vocación y misión en el mundo, que es el camino de nuestra propia realización humana. Por ello en todo proceso de discernimiento vocacional es al Señor a quien hay que acudir: Señor, ¿cuál es mi vocación? ¿Cuál es mi misión en el mundo? ¿Me llamas a la vida matrimonial, o me pides una especial consagración a ti? ¿Me llamas al sacerdocio? «¡Habla, Señor, que tu siervo escucha» (ver 1Sam 3,10). De la respuesta acertada al Plan de Dios depende la propia felicidad y la de muchas otras personas, y por eso en este asunto de tanta trascendencia es tan importante que todo joven encuentro el aliento, el apoyo y la ayuda de sus mismos padres, así como de sacerdotes y personas consagradas que lo puedan guiar y orientar rectamente.

Lamentablemente, hoy como ayer, hay muchos jóvenes que por diversas razones permanecen sordos al llamado del Señor. Hay también quienes apenas ven signos de vocación o escuchan fuerte el llamado experimentan tanto miedo que huyen del Señor a como dé lugar, y antes que confiar en Dios prefieren aferrarse a sus ‘riquezas’, a todo aquello que les ofrece alguna humana seguridad, aunque sólo sea pasajera (ver Mc 10,21-22).

No es fácil escuchar la voz del Señor y menos decirle ‘sí’, pues ese ‘sí’ conlleva un cambio radical de los propios planes en la vida. Decirle al Señor «te seguiré adondequiera que vayas» (Lc 9,57) se asemeja a dar un salto al vacío. Implica renunciar a todo, ir contra corriente, afrontar a veces la incomprensión y oposición de los propios amigos, parientes y padres. ¡Cuántas vocaciones se pierden por la oposición de los padres que ven en la vocación a la vida sacerdotal o consagrada de uno de sus hijos no un signo de una singular predilección divina, sino un “desperdicio” o incluso una maldición para toda la familia! En una sociedad que se descristianiza cada vez más, quienes experimentan y quieren responder al llamado del Señor serán ciertamente incomprendidos y sometidos a duras pruebas.

Pero hay también de aquellos que escuchando y descubriendo el llamado del Señor, con valor y decisión, sobreponiéndose a todo temor, renunciando generosamente a sus propios planes, saben decirle “aquí me tienes, Señor, hágase en mí según tu palabra” (ver Is 6,8; Lc 1,38). Hoy hay también jóvenes audaces y heroicos que encontrando su fuerza en el Señor perseveran a pesar de múltiples pruebas, obstáculos, tentaciones y dificultades en el camino. Así como hay también padres generosos que abriéndose al llamado de alguno de sus hijos lo alientan y apoyan a ponerse a la escucha del Señor y responderle con generosidad. ¡También éstos recibirán del Señor el ciento por uno, por la inmensa generosidad, sacrificio y renuncia que implica entregar un hijo al Señor!
La vocación es un misterio, un asunto entre Dios y la persona llamada. Quienes creemos en el Señor, creemos que también hoy Él elige y llama a algunos a dejarlo todo para seguirlo muy de cerca invitándolos a participar de su intimidad, destinándolos desde toda la eternidad por un amor de predilección (ver Jer 31,3) para que vayan por el mundo entero anunciando el Evangelio y de ese modo den fruto y su fruto permanezca (verJn 15,16).

(Cf. evangeliodominical.org)

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