María Inmaculada, una Rosa única

Había una vez un ruiseñor que vivía en un jardín y tenía su nido junto a la ventana de un joven estudiante. Sin que este lo supiera, se hizo su amigo y conoció sus penas: el joven estaba enamorado de la hija de un profesor, y pidió a la doncella que bailara con él. Ella le dijo que lo haría a cambio de una rosa roja.

Debajo de la ventana del estudiante crecía un hermoso rosal… El ruiseñor, de pronto voló y le pidió al rosal que le diera una rosa roja. Este le contestó que solo tenía rosas blancas, pero que había una solución: si el ruiseñor cantara sus dulces canciones al claro de la luna, con el pecho apoyado en sus espinas, toda la noche, su sangre se mesclaría con la savia de la planta y le daría el color a una rosa muy especial.

El ruiseñor aceptó el sacrificio. Cuando la luna alumbraba, el ruiseñor voló desde su árbol al rosal y apoyo su pecho sobre las espinas y empezó a cantar. Las espinas se le clavaban en su corazón, pero él seguía cantando, acercándose más y más…Una rosa blanca empezaba a enrojecer, pero no era suficiente. Apretándose más aún, el pequeño ruiseñor se sentía perder la vida, al mismo tiempo que sus ojitos vislumbraban una rosa roja. Cuanto mayor era su dolor, más fuerte cantaba y lentamente moría...

Al día siguiente, al mediodía, el joven abrió su ventana y vio una rosa roja que jamás en su vida había visto, una rosa hecha de canciones y de sangre. La cogió y se la llevó a su amada. Esta, sin embargo, la despreció porque a sus ojos no tenía tanto valor como las joyas regaladas por otro pretendiente. Resentido, el joven estudiante que ignoraba completamente el precio de aquella rosa, la arrojó en el camino y un pesado carro la aplastó.

Este cuento de Oscar Wilde puede ayudarnos a mirar hoy detenidamente a nuestra Madre Inmaculada, una Rosa hermosísima, hecha de “canciones y de sangre”. Al aceptar ser la Madre del Redentor, su vida fue marcada por grandes alegrías y grandes penas, y por otra, es como que generada Madre de la humanidad por la cruz de Cristo, es la flor purísima que brota del árbol de la cruz. Es ella que Jesús agonizante nos encomienda que la recibamos en “nuestra casa” todos los días y acojamos agradecidos sus desvelos maternales. Es esta dulcísima Rosa de suave fragancia que embelesa nuestros días grises, nuestras noches más oscuras, señalándonos a Cristo, nuestra vida.

Si verdaderamente reconocemos el precio de esta Rosa hermosísima, nunca la “arrojaremos” fuera de nuestra vida, sino que la llamaremos en todas circunstancias y la tendremos como tierna Madre todos los días de nuestra existencia.

(cf. Revista Guadalupe nº 858, 2018)

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