Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

La fiesta de Cristo Rey nos ayuda a reconsiderar que todavía estamos en el tiempo favorable de la salvación, donde todo depende de la disponibilidad para acoger la invitación de Dios. Él, buen pastor, nos invita a no endurecer el corazón para no ser seducidos por el pecado. Merece la pena repetir convencidamente: «El Señor es mi pastor, nada me falta».

Estamos concluyendo otro año litúrgico con toda la Iglesia. Es bueno que hagamos un balance personal -y comunitario, también- y nos preguntemos si durante el tiempo transcurrido hemos realizado una coherente acción evangelizadora, de promoción humana, de santificación personal y fraterna con quienes vivimos, de glorificación a Dios en Cristo, hacia donde convergen como meta todas las actividades de la Iglesia. Y debemos planteamos más cosas, a la luz de la Palabra de Dios, en esta fiesta de Cristo Rey: ¿cómo estamos viviendo la vida presente?, ¿tenemos presente la vida futura?

Nuestra vida tiene dos tiempos. El primero es terrenal: el «tiempo propicio» que estamos viviendo, el de la salvación (cf 2 Cor 6,2), donde contamos con Cristo como «buen pastor» y decidimos, porque está en nuestras manos, si nos salvamos. Y después vendrá «aquel día», cuando Cristo como juez se siente en su trono de gloria y nada quede impune ante él. La Escritura nos invita en este día a reflexionar austeramente.

Está claro que este rey y juez escatológico, que cumple las profecías antiguas, es Jesús de Nazaret, el crucificado, aquel que experimentó el hambre, la desnudez, la soledad, el dolor. Este rey y Señor, que se identifica con los pequeños y los pobres, vive escondido y oculto en «sus hemanos más pequeños».

 

 

 

 

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