SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

Seguimos en este precioso camino hacia la Navidad. Nos dice el profeta Isaías en la lectura de hoy que brotará un renuevo del tronco de Jesé. Este renuevo renovará la vida y lo renovará todo, porque él será la Vida; sobre él posará el Espíritu de vida y nos llenará a todos de su Espíritu.

En este camino nos pide el apóstol Pablo que “mantengamos viva la esperanza”. Y para ello necesitamos mucha paciencia, siendo firmes en la adversidad, permaneciendo fieles y perseverantes en la oración y en la escucha de la Palabra de Dios. Pero se necesita también un poco de consuelo. Tiene que haber algún alivio en la contrariedad y en la larga espera. Así, caminamos con estos dos bastones de la paciencia y el consuelo. Un día habrá que apoyarse más en uno y otro día en otro. La fuente de toda paciencia y consuelo es Dios.

Juan el Bautista, el gran profeta de Adviento nos anuncia la proximidad del Reino de Dios y la llegada del Mesías. No cabe un mensaje más esperado y a la vez más sorprendente. Y si llega el Mesías de Dios, ¿quién será digno de estar en su presencia? Él lo renovará todo, lo santificará todo, impondrá hasta en las islas remotas, la justicia y el derecho.

Por eso Juan predicaba, exigía también un cambio, una conversión a fondo. Hablaba de preparar el camino, de podar el árbol, de limpiar el corazón. Cuando venga el Mesías, todo será renovado.

Cantábamos en el salmo responsorial: “Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.” Se lo pedimos al Señor de todo corazón.

Que nuestra madre María Inmaculada, la Virgen del Adviento nos enseñe cómo esperar a su hijo, con inefable amor, como ella.

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