¿QUE HACES FRENTE A LA IRRUPCIÓN DEL SEÑOR EN TU VIDA?

Este domingo último de Adviento es ya una preparación inmediata de la celebración de la Navidad. María nos es presentada como el gran ejemplo de cómo abrirse a la venida del Señor.

Una venida que acontece en la concreta realidad de la historia humana, fruto de una larga esperanza en el pueblo de Israel, en la sencillez de una familia del pueblo. Pero a la vez, y quizá por ello mismo, nos abre a la gran esperanza, a la gran alegría, que no podemos reducir a una superficial celebración en la inmediata Navidad. Es preciso que llegue a lo más hondo de nuestra vida.

No es un hecho casual que en las vigilias de la Navidad se nos presente en la lectura el ejemplo de María.

Mucho más que exhortaciones más o menos teóricas, será útil referirse al ejemplo concreto de aquella muchacha de Nazaret. Ella - como nosotros hoy - recibe el anuncio de la venida del Señor. A su vida, a su realidad, incluso a su carne. Y se abre a esta venida con absoluta confianza, con plena fe, aunque no comprenda cómo se realizará, aunque supere sus esquemas naturales ("¿cómo será eso?").

Pero ella sabe decir – vivir - su "sí" sin reservas. Es una respuesta de fe y de esperanza, mucho más allá de las previsiones naturales, cotidianas. Es el ejemplo que se nos propone hoy, en este cuarto domingo de Adviento. También nosotros debemos disponernos para acoger la constante venida del Señor, sabiendo abrirnos a una actitud de fe, de esperanza, de pobreza, de alegría... sabiendo decir un "sí" confiado a la irrupción del Señor en nuestra vida. Como la tierra acoge la semilla para que dé fruto.

"El Señor está contigo", se le dijo a María. El Señor está con nosotros, se nos dice hoy. Para fecundar nuestra vida. Sólo es preciso una condición: que nos abramos muy de verdad a su venida. Que le acojamos en lo más hondo de nuestro ser y de nuestro hacer. Que no celebremos una Navidad superficial, sino que rompamos la barrera de autodefensa ante la venida del Señor y nos dejemos penetrar por Él. Es preciso sentirnos pobres, sencillos, necesitados - como María - para acoger la venida salvadora, renovadora, del Señor. Entonces "el Espíritu Santo vendrá sobre nosotros" para fecundarnos.

No nos engañemos celebrando la Navidad en aspectos superficiales de nuestra vida. Sí, será bueno celebrarla con fiesta, abrirnos a nuestros hermanos más necesitados con una ayuda económica, con una visita, con un gesto de amor. Pero no se juega ahí lo más importante: sólo celebraremos auténticamente la Navidad si acogemos la venida del Señor a lo más importante, a lo más hondo, a lo que pesa más de nuestra vida de cada día.

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