¡Llena de gracia!

Llena de gracia: aquella en quien Dios pudo descansar la mirada, fuiste llena de Dios, vacía de ti misma; fuiste tan llena de Él que lo tuviste, hecho hombre, dentro de tu seno. Tan llena de Dios, tan vacía de ti misma...

Toda esta pobreza de verte tan vacía no te asustaba. No, eso era sinónimo de María: pobre, vacía; no, eso no te asustaba, todo lo contrario. Y así, en esa pobreza - que tu no sabías que significaba “sin pecado original” -, en esa pobreza lo esperabas. Día tras día. Vivías esperándole. ¡Qué fortaleza, que tenacidad! Talvez no supieras que esperar, pero esperabas con esa certeza de que Él era tu TODO.

Vino el Ángel, te trajo la noticia: “es que Él Señor, el Dios de Israel, el Grande y Todopoderoso cuenta contigo. Su plan de salvación te incluye”. “¿¿A mí??”

“¡Es que no hay ninguna cómo tú!” – esto no le dijo él Ángel, pero le habría facilitado mucho la vida a nuestra Madre. De hecho, no hay ninguna como tú: Inmaculada, llena de gracia, maravilla de la Iglesia. Madre.

En tu seno empezó a vivir como hombre. Dentro de ti. Que pequeñito se hizo Dios... Que abajamiento, que humillación. El Dios todopoderoso más pequeño que un guisante en el seno de María. ¡Que misterio incomprensible!

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