Yo soy el Buen Pastor

El cuarto Domingo de Pascua es llamado también el “Domingo del Buen Pastor”, puesto que en él se lee el Evangelio en el que el Señor habla de los buenos y malos pastores, presentándose a sí mismo como el Buen Pastor que ha venido a reunir nuevamente al rebaño de Dios disperso por el pecado, mediante el don de su propia vida.

El Papa Pablo VI decretó que el cuarto Domingo de Pascua, Domingo del Buen Pastor, se celebrara anualmente la Jornada Mundial de oración por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

Así, pues, la Iglesia nos invita este Domingo a elevar todos juntos nuestras fervientes plegarias al Dueño de la mies (ver Mt 9, 38) por todos aquellos que antes de haber nacido (ver Jer 1, 5) han sido sellados y son llamados a ser en Cristo buenos pastores para Su pueblo, ya sea mediante el sacerdocio ministerial o también mediante la vida consagrada a Él.
A Dios gracias por aquellos jóvenes que venciendo todo temor y lanzándose a la gran aventura le dicen al Señor “aquí me tienes, haré lo que tú me pidas”, perseverando en ese seguimiento día a día a pesar de las múltiples pruebas, obstáculos, tentaciones y dificultades que se les presentan en el camino. Hay también padres generosos que respetando la libertad de sus hijos los alientan a escuchar la voz del Señor y seguirlo con generosidad. También ellos sin duda recibirán del Señor “el ciento por uno”, por la inmensa generosidad y sacrificio que significa entregarle un hijo al Señor.

Recemos este Domingo especialmente por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Recemos intensamente por todos aquellos que de este modo son bendecidos por Dios, para que sepan ser sensibles a su voz y sepan responder con decisión, con coraje y generosidad a tal llamado. Recemos también por la fidelidad de todos aquellos que han respondido ya al llamado del Señor, para que permanezcan siempre fieles a su llamado en medio de las múltiples pruebas y situaciones adversas que se les puedan presentar. Recemos por todos ellos este Domingo, pero también cada día, especialmente en familia. Esta oración es un deber de todo católico coherente y de toda familia cristiana.

(Cf. evangeliodominical.org)

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