"ESTE ES MI HIJO AMADO, ESCUCHADLE"

Con estas palabras, Dios Padre daba a Jesucristo a la humanidad como su único y definitivo Maestro, superior a las Leyes y a los profetas.

Mirando y contemplando, las lecturas que la Iglesia nos propone este II domingo de cuaresma, resuena dentro de mí que Él Señor espera un regalo: el don de nuestras vidas a los hermanos. Nuestra vida se define entre los montes que nos presenta la Sagrada Escritura: en el monte Moriá se nos pide perderlo todo y quedarnos solo con Dios, en el Tabor escuchar sólo su voz, manifestada en Jesús. Solamente si tenemos la confianza de dar estos pasos subiremos el tercer monte que es el del Calvario para dar la vida con Jesús, por la salvación de la humanidad.

Abrahán había creído siempre ciegamente en el Señor: había salido de su tierra, había renunciado a la seguridad que le daba su casa paterna (cf. Gen 12,1), había dejado ya el pasado, seguro de que Dios realizaría sus promesas, le daría una tierra y, sobre todo, una numerosa descendencia. Aun cuando, confrontado con el aparente absurdo, el sacrificio del hijo de la promesa, Abrahán mantuvo inamovible su fe. Parece que Dios quería privarle de todo: del pasado (tierra y casa paterna) y del futuro (posteridad), pero él continuó creyendo en la fidelidad del Señor. Su fe se propone como modelo a todo aquel que quiere entregar su vida en las manos del Señor.

Pero si Isaac no ha sido sacrificado, Jesús sí ha dado la vida… "El que no reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va a regalar todo lo demás con él?" (Rom 8,33) La segunda lectura, aunque breve, contiene la declaración del amor de Padre, que es definitivo y gratuito y no puede ser cancelado por pecado alguno; no hay infidelidad humana que sea más fuerte que este amor.

Subimos juntos al monte de la transfiguración del Señor… Jesús se aleja de la llanura donde los hombres se dejan conducir por principios muy humanos y conduce hacia lo alto a algunos discípulos; los quiere ajenos a los razonamientos y convicciones de los hombres, para introducirlos en los pensamientos más recónditos del Padre…

En un momento particularmente significativo de sus vidas, los tres privilegiados discípulos han sido introducidos por Jesús en los pensamientos de Dios; han gozado de una iluminación que les ha hecho comprender la verdadera identidad del Maestro y la meta de su camino: él no sería el rey glorioso que esperaban, sino un mesías ultrajado, perseguido y matado. No obstante, su destino último no sería el sepulcro sino la plenitud de la vida. La transfiguración fue una experiencia espiritual extraordinaria en la que Jesús trató de convencerles de que sólo quien entrega la vida por amor la realiza plenamente. Dios estaba revelando toda su gloria, todo su amor por el hombre. Es necesario que todo discípulo acepte animosamente la disposición del Maestro a donar su vida.

Al final de la escena, de la nube sale una voz: es la interpretación que Dios da a todo el episodio: "ESTE ES MI HIJO AMADO, ESCUCHADLE". Que, en esta Cuaresma, nuestra contemplación nos "…conduzca a los pies del Señor, para escuchar su palabra, en silencio y soledad." (CC. GG. 55)

 

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