SAN JUAN BAUTISTA: “VIENE UNO DETRÁS DE MI…”


Preparar, discernir, disminuir. En estos tres verbos se encierra la experiencia espiritual de san Juan Bautista, aquel que precedió la venida del Mesías, predicando el bautismo de conversión al pueblo de Israel. Juan trabajó sobre todo para preparar, sin coger nada para sí, era un hombre importante: la gente lo buscaba, lo seguía porque sus palabras eran fuertes como espadas afiladas. El Bautista llega al corazón de la gente. «Soy voz, sólo voz —dijo— de uno que grita en el desierto. Yo soy solamente voz, pero he venido para preparar el camino al Señor». Su primera tarea, por lo tanto, es preparar el corazón del pueblo para el encuentro con el Señor.
Pero ¿quién es el Señor? En la respuesta a esta pregunta se encuentra la segunda vocación de Juan: discernir, entre tanta gente buena, quién era el Señor. Y el Espíritu  le reveló esto. De modo que él tuvo el valor de decir: “Es éste. Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Mientras en la preparación Juan decía: “Tras de mí viene uno...”, en el discernimiento, que sabe discernir y señalar al Señor, dice: “Delante de mí... ese es”».
Aquí se inserta la tercera vocación de Juan: disminuir. Porque precisamente desde ese momento su vida comenzó a decrecer, a disminuir para que creciera el Señor, hasta anularse a sí mismo. Esta fue la etapa más difícil de Juan, porque el Señor tenía un estilo que él no había imaginado, a tal punto que en la cárcel, donde había sido recluido por Herodes Antipa, sufrió no sólo la oscuridad de la celda, sino la oscuridad de su corazón. Las dudas le asaltaron: Pero ¿será éste? ¿No me habré equivocado? A tal grado, que pide a los discípulos que vayan a Jesús para preguntarle: «Pero, ¿eres tú verdaderamente, o tenemos que esperar a otro?».
La humillación de Juan es doble: la humillación de su muerte, como precio de un capricho, y también la humillación de no poder vislumbrar la historia de salvación: la humillación de la oscuridad del alma. Este hombre que había anunciado al Señor detrás de él, que lo había visto delante de él, que supo esperarle, que supo discernir, ahora ve a Jesús lejano. Esa promesa se alejó. Y acaba solo, en la oscuridad, en la humillación. No porque amase el sufrimiento, sino porque se anonadó tanto para que el Señor creciera. Acabó humillado, pero con el corazón en paz.
Es bello pensar así la vocación del cristiano. En efecto, un cristiano no se anuncia a sí mismo, anuncia a otro, prepara el camino a otro: al Señor. Es más debe saber discernir, debe conocer cómo discernir la verdad de aquello que parece verdad y no es: hombre de discernimiento. Y finalmente debe ser un hombre que sepa abajarse para que el Señor crezca, en el corazón y en el alma de los demás.
 

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