Hermana Maria José - Presidenta federal
Yo he venido para que tengáis vida y vida en abundancia. (Jn 10,10)
Me llamo Mª José, tengo cincuenta y ocho años, soy natural de un precioso pueblo de Córdoba, Dos Torres. Mi experiencia vocacional nace en el seno de una familia creyente de cuatro hermanos, especialmente sostenida por la fe y la práctica religiosa de mi madre. Mis recuerdos de infancia sobre la imagen de Dios recibida en la catequesis son de una “cara amable” de Dios, era como un amigo. Junto a ello, en mi universo infantil tenía metido dentro algo que había escuchado a los mayores: aquello de que si era buena y me portaba bien Dios me quería y si no, se enfadaba mucho.
La experiencia religiosa y la imagen de Dios fue cambiando con las etapas de madurez humana y los acontecimientos que me fueron sucediendo. Con el paso del tiempo, Dios se hizo lejano para mí, aunque practicando por “costumbre”, de acuerdo con lo que se vivía en la familia. Mi vida iba por un lado y la fe por otra. La etapa de estudios en el instituto y universidad fue de búsqueda ante el mundo que se abría ante mí. Puse alma, vida y corazón en los estudios, en los amigos y diversiones, en conocer lugares y viajar, en el amor de un chico…pero algo no “funcionaba en mí”, aunque tenía muchas cosas, vivía con cierta insatisfacción.
Por invitación y curiosidad asistí a unas catequesis del camino neocatecumenal y comencé este catecumenado de adultos. Fue allí donde fui redescubriendo el bautismo, donde vida y experiencia de fe se fueron dando la mano y donde se me fue manifestando el amor gratuito, misericordioso, “escandaloso” de Dios en mi historia personal. Fue un tiempo de reconciliación con muchos aspectos de mi misma, reconciliación con personas y acontecimientos de mi historia. La Palabra me iba mostrando el rostro de Dios e iluminando mi itinerario de fe. Experimentar que Dios me amaba como era, y acoger ese amor gratuito e incondicional fue la “gasolina”, el “oxigeno”, el impulso de todo lo que vino después. La fidelidad del Señor hizo todo lo demás.
Me sentía inmensamente agradecida y amada. Estando en ello, asistí a la Jornada mundial de la juventud celebrada en agosto de 1993 en Denver(Colorado-USA) con el Papa J. Pablo II, cuyo lema da título a este artículo. Escuché la llamada a “algo”, no sabía bien qué, pues mis expectativas estaban puestas en las oposiciones de magisterio, en casarme y crear una familia. Ese “algo” (vida abundante) empezó a concretarse en una experiencia en el monasterio de Concepcionistas franciscanas de Hinojosa del Duque(Córdoba) tras la cual el Señor me llevó a iniciar este “divino camino”. Ingresé en el monasterio el 7 de enero de 1994.
Al principio por mi parte, con algunas dudas y miedos, después el Señor me fue atrayendo con lazos de amor y mostrando esta hermosa vocación y misión en la Iglesia (recuerdo que alguien me dijo que la vocación contemplativa era como un bombón envuelto en papel de periódico).
La formación inicial recibida, la formación permanente, la experiencia y la ayuda de las hermanas me abrieron a la belleza de esta forma de vida, a la fraternidad y a estar en la Orden de la Inmaculada Concepción como “en casa”. María en su Concepción Inmaculada y Santa Beatriz se hicieron presentes en ella con mucha intensidad y me han acompañado muy de cerca en el seguimiento de Cristo Redentor y Esposo. Ellas son fuente, espejo y referencia continua.
Mirando atrás veo que el Padre me ha llevado y me lleva como a una hija por todo el camino, todo ha sido don y gracia de su parte. Ciertamente no han faltado momentos de cruz, necesarios para crecer en confianza, ahí siempre he sentido su cercanía y su fidelidad. Hoy me percibo en camino, en proceso, dejándome sorprender por el Señor, buscando su voluntad en el día a día, deseando ser una con Cristo, impulsada y ayudada en mi fragilidad (que es mucha) por el Espíritu.
Monasterio de la Purísima Concepción. Mairena del Aljarafe (Sevilla).



