Profesión Solemne en Campo Maior
FIAT
!Ave María Purísima! Es con gran gozo y alegría que comparto con vosotros estas palabras sobre un de los días más significativos de mi vida: el día 7 de octubre, en el que he dicho mi sí definitivo al Señor que me llamó por mi nombre para estar aquí y me desposar con amor y fidelidad, para siempre en la Orden de la Inmaculada Concepción.
Después de haber vivido un mes intenso de preparación para la Profesión Solemne, en retiro, en el cual pude hacer la experiencia de me sentir hija muy amada de Dios, de la Iglesia, de mi Comunidad y de la Orden y de haber rezado mi consagración desde el evangelio de la Anunciación y del Fiat total y confiado de María, llegó por fin el deseado día: 7 de octubre, memoria de la Virgen del Rosario.
El día amaneció con sol y calor, cual fuego ardiente de amor del Señor, que calienta y abraza los corazones. La celebración de la Eucaristía fue presidida por el Arzobispo de Évora, D. Francisco Senra Coelho y concelebrada por varios sacerdotes amigos míos y de la comunidad. Además, he tenido la dicha y el honor de tener presentes a la Madre Presidenta, hermana María José y a la Madre María de la Cruz, a quien agradezco la presencia y amistad fraterna.
Esta fue una celebración verdaderamente hermosa y celestial, muy fuerte en su contenido y en su forma. Mis hermanas han preparado todo, todo con el mayor cariño y con el mayor detalle, desde los cantos (¡que a todos y a mi en particular encantaron y emocionaron!), a las flores, que estaban de novia (¡si, de novia! ¡Cual novia que se encamina a las nupcias con el mejor de todos los esposos!).
En esta celebración he sentido que el cielo bajaba a la tierra, mientras las voces y los instrumentos entonaban el “Gloria in excelsis Deo”, y que los ángeles me cogían en sus brazos para me presentaren al Esposo. Ahí permanecí hasta al final de la Eucaristía. Todavía, el momento central de la celebración, de hecho, aconteció cuanto, postrada por tierra, muriendo al mundo me entregué toda al Señor y conmigo entregué a cada hermana de Comunidad y a la Federación; e después, cuando en seguida profesé los votos por toda mi vida en las manos de la Madre, ahí brotó en mi corazón una sonrisa que traspareció y que permanece.
Envuelta en este amor de predilección del Señor, deseo vivir y entregar mi vida en un Fiat diario, al igual que la Virgen y deseo aun no temer y abrir el corazón, pues Dios esta conmigo, como decía el cantico de pos-comunión que las hermanas, de sorpresa, cantaron y que me llenó el alma.
Sin duda, este fue un día memorable, que quiero guardar y recordar con mucho cariño, para que cuando vengan las tentaciones y las dificultades me acorde como el Señor me ama y me llama por mi nombre, cada día.
A todos agradezco las oraciones. De rodillas, delante del Señor pido por cada uno y me ofrezco por la humanidad entera.
¡Bendito sea Dios! ¡Fiat!.Soror Joana Filipa da SilvaCampo Mai
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