SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
26 May 2018
La Liturgia de hoy nos invita a sumergirnos en el misterio de Dios, en su identidad, “conocida” porque Dios mismo se ha revelado en el Antiguo Testamento como unidad: “el Señor es el único Dios” (Det 4, 39-40) frente al politeísmo de los pueblos que rodeaban a Israel. Jesús experimenta a Dios como su Padre y lo da a conocer como nuestro Padre y que es pura relación de amor y nos manifiesta que es, a la vez, comunión entre tres personas, Dios Uno y Trino, Dios de comunión y de amor.
La segunda lectura (Rom 8, 14-17)nos habla que es un misterio que nos afecta, pues en su seno podemos entender y experimentar lo que significa ser hijos de Dios.
La experiencia vital de fe nos permite entender este misterio. Que Dios, siendo uno, sea a la vez comunidad de amor entre tres personas, tiene consecuencias muy claras para los cristianos: sumergidos en este misterio desde nuestro bautismo, estamos llamados a ser hijos de Dios como lo fue Jesús, movidos por el Espíritu atrevernos a ver a Dios como Padre. Solo así podremos construir un mundo de hermanos, donde nuestras relaciones estén fundadas, -como las de la Trinidad-, en el amor.
El Evangelio escogido para hoy es el final del evangelio de san Mateo, un relato de encuentro, de envío y de promesa, donde aparece claramente expresada la fórmula trinitaria: “bautizándolos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.” Jesús se encuentra con sus discípulos en un lugar muy significativo, en Galilea. Aquí empezó y se desarrolló la vida pública de Jesús, aquí llamó a sus discípulos y aquí es el último encuentro con ellos. Un encuentro sobre el monte, que recuerda cuando el pueblo fue congregado en el monte Sinaí para entregarle la Ley, y ahora Jesús convoca y constituye el nuevo pueblo nacido de su Resurrección para enviarlos a una misión que abarca a todos los pueblos, no sólo a Israel, pues Jesús quiere ofrecer a todos la oportunidad de establecer con Él una relación única de intimidad y seguimiento, propia de la vida cristiana, que da plenitud al ser humano. Dos son las condiciones para hacer discípulos: el bautismo y la enseñanza.
Nos consuela las última palabras de Jesús a sus discípulos: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.” Con la resurrección de Jesús se inicia un nuevo modo de estar entre nosotros y así, como Iglesia, podremos sentir su fuerza y su presencia para continuar su misión. No estamos solos, Él continua entre nosotros y su Espíritu nos da la fuerza para continuar.
Por último, recordar que hoy es la Jornada “Pro orantibus” con el lema: “Solo quiero que le miréis a Él,” en la que oramos por los monjes y monjas que desde su vida escondida, buscan el rostro de Dios Trino y Uno, lo contemplan y alaban. Damos gracias a Dios por el don recibido de la vocación, pedimos por su perseverancia y para que los jóvenes sigan respondiendo a Dios con generosidad e ilusión.


