QUINTO DOMINGO DE PASCUA “Sin mí no podéis hacer nada”
En la tradición profética, la viña es la imagen por antonomasia para designar a Israel como pueblo elegido cuidado amorosamente por Yaveh. De esta forma, Jesús afirma que Él es la verdadera vid, el verdadero pueblo, la nueva comunidad nacida de su misterio pascual
, puesto que la existencia de esta comunidad solo depende de la participación en la vida de Jesús.
La alegoría no puede ser más bella y más significativa, igual que el sarmiento no tiene vida propia y no puede dar fruto, del mismo modo el discípulo no puede hacerlo si no está unido a Él. Además este pasaje presenta un profundo sentido eclesiológico: el Cristo total lo forman la vid y los sarmientos, pues Jesús no dice que Él sea solo el tronco; deja bien claro que es la vid, incluyendo también los sarmientos y el fruto; vid y sarmientos forman un todo, hay entre ellos una interrelación, una comunicación de vida que queda expresado en el término “permanecer”. Permanecer en Jesús es condición indispensable para dar fruto. Por tanto, este relato debe leerse en clave personal y comunitaria.
El Evangelio de hoy podemos dividirlo en tres partes: La primera habla de la actividad del Padre (vv. 1-2); la segunda establece la condición del discípulo para dar fruto (vv. 3-6) y la tercera expresa la nueva relación con Dios, la nueva espiritualidad del discípulo y de la comunidad (vv. 7-8) Tanto al principio como al final de esta historia, está presente el Padre, representado en la figura del labrador, que poda y arranca y espera su mayor gloria cuando damos fruto. Poda a los que ama y quiere, para que den más fruto. Poda nuestras pobrezas, nuestras sombras y lo hace a través de personas o acontecimientos de la vida misma. Muchas de estas podas vienen sin buscarlas y normalmente las queremos rechazar, pero sabemos que son necesarias y positivas, nos hacen crecer y madurar.
¿Estamos dispuestos a dejarnos podar?



