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Carta del Asistente por la Solemnidad de la Inmaculada 2016


06 Diciembre 2016
Carta del Asistente por la Solemnidad de la Inmaculada 2016

La Solemnidad de la Inmaculada nos convoca cada año a renovar la honra y gloria que ha de recibir la Virgen sin mancha en sintonía y comunión con la Iglesia, comunidad de los redimidos en Cristo, que en este tiempo de Adviento especialmente rememoramos su venida y su vuelta definitiva.

Santa Beatriz recibió la inspiración de levantar un monasterio para honra de la Virgen, Pura y Limpia, en medio de las ciudades y los pueblos como el mejor servicio que podía hacer al Altísimo, guiadas las hermanas por las mociones del Espíritu en un clima de vida sencillo, fraterno y alegre. La inspiración de Beatriz vio la luz, la Iglesia refrendó este género de vida y hasta el día de hoy los Monasterios y sus comunidades son elogio y ofrenda no sólo a la Madre de Dios en su misterio y dogma de la Inmaculada, sino comunidades contemplativas en busca del Dios vivo y verdadero, que en seguimiento de Cristo, avanzan por el mundo como manifestación de los valores del Reino, cuya plenitud serán los cielos nuevos y la tierra nueva que ansiamos en anhelante espera.

La limpieza y belleza de María nos ponen en contacto con el plan de Dios para cada hombre y para cada mujer. En el diseño establecido para recomponer la unión con el hombre, Dios eligió a esta mujer anónima, oculta, casi sin relevancia… para comenzar a gestar el nacimiento de su único Hijo, el Amado, el Predilecto.

En María recuperamos el inicio de la verdadera comunicación y de la comunión con Dios que se hará plena en el Nacimiento de su Hijo. En María se da la expectación, hay diálogo, hay respuesta, disponibilidad, generosidad… sin resistencias, sin sombras amenazadoras, sin desconfianzas… María es figura y símbolo del verdadero sentido de la vida: aceptar el plan de Dios, no salirse en ningún momento de él y permanecer en comunión con el amor del Padre, de su Hijo y del Espíritu.

Ella es icono incuestionable para los verdaderos creyentes, para los santos, para quienes en medio de las pruebas se mantienen fieles, y para quienes sin ningún poder, sólo con la sencillez y la pobreza, la humildad y la disponibilidad, han encontrado el pleno horizonte de sus vidas en la vida de Dios que nutre y alienta a quienes confían incondicionalmente en su designio de amor y de misericordia.

María se nos presenta también como fuente inagotable de inspiración y modelo de vida en un mundo donde aparecen muchos modelos pero que casi ninguno puede ofrecernos los verdaderos anhelos y su cumplimiento a los que la condición humana aspira. Es verdad que María en nuestra sociedad laica y descreída parece que tiene poco que decir, pero con toda seguridad en las comunidades cristianas la veneramos de verdad y la consideramos verdadero modelo por sus gestos y virtudes.

Es oportuno venerar sin interrupción a la Madre del Verbo en su Limpieza y Hermosura –supuesto irrenunciable de Beatriz- sino que además propuso la forma de vida de este divino camino para que cada hermana- llamada e inspirada por el Mismo Altísimo- lograse ser monumento espiritual a honra de la Inmaculada. Es verdad que no hay verdadera veneración si no hay imitación de sus virtudes, de sus gestos, de sus inspiraciones. Por eso, María no ha dejado de inspirar a otros fundadores, fundadoras, movimientos, asociaciones, etc., conforme a sus actitudes de fe y de vida, y por eso también cada hermana es una oportunidad para reproducir las mismas virtudes, valores y gestos de la Virgen en el camino de vida oculta que Beatriz quiso para sí misma y para sus hermanas. Como María, cada hermana es un espacio sagrado, comprometido, de pertenencia para Él; una oportunidad para vivir la consagración personal como ofrenda personal en generosidad y respuesta agradecida; una nueva ocasión para cambiar y transformar la propia vida y ofrecerla gratuitamente al mundo y a la Iglesia.

El Papa Francisco no quiere dejar pasar ocasión para recordar que en la Iglesia todos somos importantes, (a las contemplativas les ha reiterado su cariño y su admirable misión en la VDQ) y que todos hemos de recibir el Evangelio de la misericordia para donar incansablemente misericordia a todos en nombre de Dios y de los cristianos que formamos la Iglesia. Está empeñado, a su vez, en que todas las comunidades cristianas seamos referencia de las vivencias del Evangelio y abandonar definitivamente la autorrefrencialidad que tanto perjudica para identificarnos con el mismo Evangelio y salir definitivamente de modelos ya pasados que no mueven a nada y de nada convencen. Como la conversión, que no acaba nunca, cada comunidad está siempre rehaciéndose, recuperando el don de la vida contemplativa y vivir el esfuerzo de sal y luz de la tierra… en el mundo.

Nunca ha sido fácil, nunca la fue, tampoco para santa Beatriz. Hoy también resulta complejo vislumbrar el horizonte de la vida contemplativa y la supervivencia de los Monasterios. Tal vez no sea esta generación a quien le toque ver con más nitidez ese horizonte, hemos de estar más preocupados por hacer vida y verdad aquello que nos trajo a esta vida y que hemos de mantener, aun a pesar de las dificultades u oscuridades; hay que mantener la llama ardiendo – la ofrenda personal como hostia viva- ante el altar de la Pura y Limpia sin importar el alcance de nuestros esfuerzos, sacrificios y oblación. Pensad que Beatriz, tras su repentina partida de este mundo, vio menos ‘futuro’ que muchas de vosotras si lo miramos desde una perspectiva humana, sin embargo a la luz del plan de Dios… Ella entró en el verdadero ‘futuro’ de Dios y su obra perduró no sólo en el tiempo sino en la abundante cosecha de incontables hermanas que os han precedido y que hoy gozan junto a la Dama de Azul en compañía de la Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies coronada con doce estrellas.

Es en este tiempo en donde toca responder con la misma generosidad que en otros momentos y ser comunidades llenas de la santa operación del Espíritu del Señor, con palabras, gestos y signos propios de quienes se fían plenamente del Don de Dios. Ser comunidades creíbles por aquello que vivimos y que decimos creer y vivir. Ser, en medio del mundo, comunidades en donde corra la savia del Espíritu  con la misma sencillez, humildad y generosidad de María. Ser comunidades en donde otros se miren y, sin caer en la vana complacencia, perciban la calidez evangélica de vuestra vida y vuestro radical compromiso con el Señor que os ha llamado a este divino camino según las actitudes de María, su Madre, y Madre de todo el género humano.

Deseo que estos días y especialmente el día de la Inmaculada sean una nueva ocasión para renovar vuestra oblación personal al Altísimo a honra de la Virgen sin mácula y cada comunidad reavive la llama que un día el Espíritu encendió en Santa Beatriz. Con la bendición de Dios, recibid mi fraternal saludo.

Fr. Joaquín Domínguez Serna, OFM 

Asistente