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Carta del Asistente por la festividad de Santa Beatriz de Silva


13 Agosto 2016
Carta del Asistente por la festividad de Santa Beatriz de Silva

Queridas hermanas: Paz y bien en el Señor y su Madre Inmaculada. Cuando llega el 17 de agosto intentamos ponernos bajo el manto azul de Santa Beatriz para que bendiga el don de cada hermana y para que la lámpara que un día prendió en su corazón siga ardiendo en medio del mundo por medio de cada una y cada monasterio.

En este año jubilar de la Misericordia toda la Iglesia y cada uno de nosotros hemos recibido el llamamiento a ser misericordiosos como Dios, nuestro Padre, es misericordioso… mensaje que también ha quedado fijado en el quinto lugar del sermón del monte: Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán la misericordia (Mt 5, 7)

Tampoco es casual que María, ante su prima Isabel y antes de dar a luz entienda que cuanto está sucediendo en ella es obra de la Misericordia, la que llega a sus fieles de generación en generación…porque auxilia a Israel acordándose de su misericordia… (Lc 1, 50.54).

Como tampoco es casual que el Papa haga púbica su reciente Exhortación en este Año Jubilar. La vida contemplativa monástica, en su mayoría femenina, -dice el Papa- se ha radicado en el silencio del claustro generando preciosos frutos de gracia y misericordia. La vida contemplativa femenina ha representado siempre en la Iglesia y para la Iglesia el corazón orante, guardián de gratuidad y de rica fecundidad apostólica y ha sido testimonio visible de una misteriosa y multiforme santidad.

A lo largo de los siglos, la experiencia de las hermanas, centrada en el Señor como primero y único amor (cf Os 2, 21-25), ha engendrado copiosos frutos de santidad. ¡Cuánta eficacia apostólica se irradia de los monasterios por la oración y la ofrenda! ¡Cuánto gozo y profecía grita al mundo el silencio de los claustros!

Por los frutos de santidad y de gracia que el Señor ha suscitado siempre a través de la vida monástica femenina, levantamos al «altísimo, omnipotente y buen Señor» el himno de agradecimiento: Laudato si’.

Queridas Hermanas contemplativas, ¿qué sería de la Iglesia sin vosotras y sin cuantos viven en las periferias de lo humano y actúan en la vanguardia de la evangelización? La Iglesia aprecia mucho vuestra vida de entrega total. La Iglesia cuenta con vuestra oración y con vuestra ofrenda para llevar la buena noticia del Evangelio a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo. La Iglesia os necesita (cf VDQ 5-6).

Su alentador mensaje está relacionado con su permanente desafío. Es verdad que los orígenes de la Concepción son un don del Espíritu a la Iglesia, Beatriz lo acoge como lámpara vacilante y lo expone abiertamente. Todo a riesgo incluso del más absoluto de los fracasos. Pero no. Dios no lo hace fracasar… Es más, será simiente sobre la cual germinará un frondoso árbol lleno de abundantes frutos. Porque el desafío para Beatriz y en este tiempo no está en la ‘contabilidad’ de esos frutos, sino en la ‘maduración de esos frutos… Es de agradecer el elogio del Papa hacia las monjas contemplativas, pero también es oportuno preguntarse hoy: ¿qué es ser contemplativa en este momento? ¿En qué consiste ser y vivir hoy como mujeres contemplativas? ¿Qué poner, qué quitar?

Si no hay acertadas preguntas no podrá haber oportunas respuestas. Como el marinero en alta mar necesita el faro –continúa el Papa- que indique la ruta para llegar al puerto, así el mundo os necesita a vosotras. Sed faros, para los cercanos y sobre todo para los lejanos. Sed antorchas que acompañan el camino de los hombres y de las mujeres en la noche oscura del tiempo. Sed centinelas de la aurora (cf. Is 21, 11-12) que anuncian la salida del sol (cf. Lc 1,78). 

Con vuestra vida transfigurada y con palabras sencillas, rumiadas en el silencio, indicadnos a Aquel que es camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6), al único Señor que ofrece plenitud a nuestra existencia y da vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Como Andrés a Simón, gritadnos: «Hemos encontrado al Señor» (cf. Jn 1,40); como María de Magdala la mañana de la resurrección, anunciad: «He visto al Señor» (Jn 20,18). Mantened viva la profecía de vuestra existencia entregada. No temáis vivir el gozo de la vida evangélica según vuestro carisma.

Y vuestro carisma tiene en su centralidad a la Madre de la Misericordia. Que la dulzura de la mirada os acompañe siempre, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor.

Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre por el amor del Padre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús. Su canto de alabanza, en el umbral de la casa de Isabel, estuvo dedicado a la misericordia que se extiende ‘de generación en generación’ (Lc 1,50). También nosotros estábamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María. Esto nos servirá de consolación y de apoyo mientras atravesamos la Puerta Santa para experimentar los frutos de la misericordia divina.

Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús.

Nuestra plegaria se extienda también a tantos Santos y Beatos que hicieron de la misericordia su misión de vida (cf. MV 24). Entre ellos la Santa mujer de azul, Beatriz de la Concepción. Feliz día.

Con mis saludos fraternos y la bendición de Dios,

 Fr. Joaquín Domínguez Serna, OFM

Asistente