Un periodista en Belén (2ª parte)
Hola, otra vez estoy aquí. Soy Rubén, sí, el periodista que estuvo con José, María y el niño en Belén en Nochebuena. Prometí volver para seguir relatando lo vivido y escuchado.
Pues bien, avanzada la madrugada de aquel primer 25 de diciembre festivo de la historia, comenzaron a abandonar el establo los pastores, la comadrona y algunas personas más. Habíamos vivido una noche inolvidable al lado de aquella pobre, pero sagrada Familia. El establo se había llenado de luz, no nos habíamos dado cuenta, tanto que la comadrona al marchar recordó: No se olvide de apagar la luz. María, susurró: ésta será una luz que no se extinguirá jamás. Todos marcharon muy contentos. Alabando, bendiciendo a Dios y contando a todos lo que habían visto y oído.
Al quedarnos solos, pedí a María que me permitiera tomar un ratito al niño en mis brazos. Ella, me lo cedió con todo cariño y cuidado para que el pequeño, recién nacido no se despertara; yo estaba temblando y el crío notó la diferencia al pasar de los brazos serenos de su Madre a los ásperos y temblorosos que eran los míos. Comenzó a hacer gestos de querer llorar. María lo tranquilizó: “no temas, mi bien, es Rubén, nuestro amigo. El chiquillo se despertó, me miró y su tenue sonrisa se me clavó en el alma. Me serené y comencé a experimentar el calor de una emoción nunca antes vivida. En el calor de mis brazos Jesús dormía. No puedo decir el tiempo, (pues para algunas experiencias no existe el tiempo), que pasé contemplando aquella criatura que desprendía alegría, paz y mucha, mucha ternura.
A los ocho días, vivimos otra fiesta: circuncidaron al niño y le pusieron por nombre Jesús. Discutí un poco con José, pues consideraba que el primogénito debía llevar el nombre de su padre y bien que se lo merecía el bueno de José. Él, con la paciencia de un hombre justo me aclaraba: “Mira, Rubén, muchas veces nosotros no sabemos pedir o hacer lo que más nos conviene y el Espíritu viene en nuestra ayuda, de muchas y diferentes maneras. Siento como si alguien me dijera que se debe llamar Jesús, pues su significado es enorme. Aparte de lo que de ese nombre ya han dicho y mucho, los profetas, alguien que vendrá más tarde dirá cosas muy bellas de él: Nombre glorioso, regalado, amoroso y santo. Por el nombre de Jesús las culpas se borran, el enemigo huye vencido, los enfermos sanan, deprimidos y atribulados se fortalecen. Nombre que es honra de los creyentes, maestro de predicadores, fortaleza de los que trabajan por el Reino, valor de los débiles. El sabor de su nombre será para todo el que le ame y siga gozo y alegría, la paz y la fe siempre le acompañará.
José siempre me convencía, me encantaba escucharle, parecía poco letrado, pero luego era un pozo de sabiduría.
Ya el establo, en tan buena compañía, me parecía el mejor palacio. Tuvimos la suerte de encontrar y alquilar cerca una pequeña casa. Muy pobre, pero muy limpia.
Algunos días más tarde, volvía yo de dar un paseo y me encuentro a la entrada una comitiva bastante extraña. Se notaba que buscaban algo o a alguien. Uno de ellos se acercó y la verdad, me asusté un poco. Él me dijo con trato amable: “No temas, somos tres amigos que venimos desde muy lejanas tierras y se presentaron, sus nombres eran Melchor, Gaspar y Baltasar. Me aclararon que eran reyes de Oriente, muy aficionados a la astrología que habían visto una estrella y atraídos por ella buscaban a un niño que, según sus cálculos, sería el futuro Mesías de Israel. Había visto y escuchado tantas cosas en torno a aquella familia que aquello no me sorprendió, al contrario me resultó agradable y hasta simpático. ¡Tres reyes, nada menos! Venían a una pobre casa para encontrarse con Jesús, el hijo de mis amigos José y María. Entré a dar la noticia a José y él cortésmente les hizo pasar. Los reyes entraron y en actitud de adoración se inclinaron ante el niño, que en brazos de su Madre, sonreía sin parar. Los monarcas le entregaron unos regalos algo extraños, pero por tratarse de ellos, me parecieron normales. Me retiré prudentemente, mientras ellos hablaron largo rato con María y José. Al marcharse, volvieron a inclinarse ante Jesús.
Al salir, les acompañé para indicarles la salida, pues querían regresar por un camino distinto. Me dijeron que se iban muy contentos; que habían vivido un gran “encuentro” y que desde ese momento en adelante dedicarían su vida entera a ir por el mundo haciendo el bien siempre a todos, especialmente a los niños. Como regalo y prueba de lo que me decían, me dejaron una tablet para que fuera actualizando mi trabajo periodístico.
Viendo como se alejaban me quedé pensativo y ensimismado. Me hizo volver en sí la voz de María: “Rubén, la mesa está servida, ven a cenar”.
Y…hasta más ver que son señas de volver.


