Jesús va a su pueblo…

El evangelista Lucas, nos cuenta que “Jesús fue a Nazaret, donde se había criado. Es posible que Jesús volviera a su pueblo con emoción y con la ilusión de encontrarse con los amigos, familiares y vecinos. Lo podemos imaginar, pero sobre el recibimiento no nos dice nada el Evangelio. Dice, sí, que entró en la sinagoga y leyó un pasaje del profeta Isaías que dice así: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista, para liberar a los oprimidos: para anunciar el año de gracia del Señor.”
Jesús añadió: “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”. Hoy, es decir siempre, cada día.
Yo, me pregunto: ¿soy consciente de que el Espíritu del Señor está sobre mí? Mi vida entera en el hacer, en el hablar y en el ser, ¿coincide con el Espíritu de Jesús? ¿Por qué espíritu me dejo llevar? ¿Por el que brota de mis impulsos, muchas veces embarrado por mis pecados? ¿Me dejo llevar por el Espíritu de: mi capricho, mi fuerza, dinero, poder y…etc para terminar reconociendo como el autor del Eclesiastés: Vaciedad, todo es vaciedad?
¿Mi pobreza es lo suficientemente limpia, transparente, real para que la buena Noticia de Jesús llegue hasta lo profundo de mi corazón? ¿Qué alforjas tengo que vaciar para que Él las pueda llenar con la alegría del Evangelio? La Buena Noticia no puede entrar en una vida repleta de chucherías; a estas chucherías les podemos poner muchos nombres. Si ahondo un poco, me encontraré con trozos de egoísmo, latas de soberbia, papeles de vanidad, y…mucha chatarra más que ocupan un lugar demasiado digno para cosas tan inútiles. Tengo que hacer el esfuerzo de vaciar mis alforjas, para ir dejando entrar en mí, el gozo y la frescura del Evangelio.
Jesús viene a anunciar la libertad a los cautivos. ¿Qué cadenas gruesas me atan? ¿Qué hilos muy finos me oprimen? Casi sin darme cuenta puedo ser esclava. A eso viene el Señor, a sacarme de mi esclavitud. ¿Rechazo la libertad? ¿En qué grado se encuentra mi disponibilidad para poder decirle: Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas? Sólo Tú puedes darme la verdadera alegría que brota de una auténtica libertad.
Jesús, viene a dar vista a mis ojos, pero yo me empeño en creer y decir que veo, que no la necesito. ¡Es una pena que mi ignorancia sea tan grande! ¡Mi capacidad de ver es tan corta! La mayor parte de las veces me sorprendo con la vista solamente a mí. Es cierto que también miro y veo muchas otras realidades concretas y cercanas: Personas entregadas a Dios y a los hermanos, totalmente, sin regateos, con inmensa gratuidad. Veo también otras muchas personas que sufren por un sin fin de causas, entre las que destaco, a quienes sufren por causa de su fe en Jesucristo, los que sufren por conseguir la paz, la justicia, la dignidad propia y la de otras personas, miro, veo y me duele la injusticia del hambre y el maltrato de tantos y tantas personas, sobre todo en los niños.
¡Veo! Pero necesito ver con mayor profundidad. Necesito verlo todo con las gafas de Dios. Necesito verlo con la vista que Jesús me quiere regalar. Entonces, sólo entonces, brotará en mí el compromiso de no quejarme por pequeñas molestias, dificultades, problemas, o falta de algo en mi vida. Entonces, sólo entonces, comenzaré a ver más claro las necesidades de los hermanos y hermanas de cerca y de lejos. Sólo entonces intentaré acercarme un poquito a lo que estamos todos llamados: Parecernos a Cristo. Necesito bajarme del mirador donde me veo solamente a mi misma y subirme al mirador de Dios, desde el cual la panorámica será mucho más amplia, más atractiva, más luminosa y fascinante, pero… también bastante más, mucho más comprometida. Lo suficiente para que, tomando más serio nuestra fe y nuestra consagración nos atrevamos a marcarnos algunos retos.
1. Reto: ejercitarnos en un rato de oración, en diálogo con Dios, personal o en grupo
2. Reto: Leer y reflexionar (a ser posible cada día) la palabra de Dios.
3. Reto: Intentar ver lo que me ocurre, y lo que ocurre cerca o más, lejos de mí, con las gafas de Dios.


