Sor Maria da Graça da Eucaristia
La belleza de la fidelidad de Dios
Me llamo Soror Maria de Gracia de la Eucaristia, tengo 24 años, estoy en la comunidad de Campo Maior de la Orden de Inmaculada Concepción y hace unos días, el 7 de setiembre, hice la profesión simple de los votos de obediencia, sin propio, castidad y clausura por 3 años. Mi vocación a esta forma de vida, a esta vocación empezó en el corazón de Dios y sobre esto no puedo contar mucho porque solo Él lo sabe. Lo que Él me ha hecho ver es que cuando yo nací, junto a mí gemela, encontré gracia a sus ojos, y sin merecerlo, gratis me dio el bautismo y el poder crecer en la fe en una familia cristiana, en la Iglesia, en una comunidad del Camino Neocatecumenal.
En esta realidad de la Iglesia me he confrontado con mi debilidad y pecado y en encuentro vocacional cuando tenía 14 años viendo que Dios me amaba muchísimo, que lo que yo no aceptaba de mí, de mí historia, Él me lo estaba pidiendo, Él lo tomaba en sus manos, me hizo desear seguirLo, seguir este Amor que no me había abandonado nunca. Pero después de haberle dicho que sí, que estaba disponible para servirle como misionera o monja, me arrepentí, creí que era una de mis locuras y que yo quería ser una chica “normal”. Pero Dios en su fidelidad, no me abandonada y una vez en la JMJ de Polonia empezamos la peregrinación en este Monasterio y las hermanas nos dieron una frase que decía: El Maestro está aquí y te llama. Yo me quede de piedra. Estaba queriendo hacer mi voluntad porque creía que era la mejor, pero al mismo tiempo no queriendo huir de la voluntad de Dios. Y dije para mi misma: “Soy joven, aún tengo tiempo para pensar en mi vocación, seguro que Dios no quiere que ande angustiada con este tema, ya el me dirá que haré en el futuro.” Y sentí que le cerré la puerta a la vocación, por lo menos durante unos años. Pero el Señor no se deja vencer y cuando estaba en la universidad, estudiando fisioterapia, me encontré sola, triste y vacía, sin sentido, sin esperanza y no sabía por qué. Hablando con los catequistas que me acompañaban me dijeron que empezase a ir a una Iglesia, a sentar me delante del Santísimo e que dejara que Dios me mirara. Esta experiencia, este estar en presencia de Dios, de su mirada, dejar que el valorara lo que a mí solo me parecía basura me curó muchísimo, su Amor me salvó.
En el último año de Universidad, estando yo ocupada con el curso, con los aplausos del mundo, una hermana aquí en el Monasterio cayó y me llamaron para que viniera a ayudarla a volver a restablecerse. Ella misma me decía cuando venía a cuidarla: “¿Lo que tú haces es muy bueno, pero y si Dios quiere otra cosa de ti?”, esta pregunta iluminó mi corazón incrédulo. ¿Yo ya le había dicho que no, como iba Él a buscarme? Pero la verdad es que vino, y no como un Padre enfadado por mi desobediencia, acusándome por mi rebeldía, sino como un Padre lleno de ternura, de amor, de comprensión, de cuidados con todas las heridas de mi corazón. Y poco a poco, el simple hecho de estar aquí con las hermanas viendo su alegría, su amor y segura de sus oraciones decidí abrir me a hacer una experiencia con ellas. Y cuando vine Dios me sentó, me paró y me dijo: “Gracia yo no te he creado para que seas un árbol de muchas hojas, que aparentes que eres feliz, que tienes una buena vida social, familiar, en la comunidad… Yo te he creado para que tengas Vida, dentro de ti, alegría, esperanza y para que des frutos de amor.” Yo me resistía al principio, no conseguía creer en esto. En la fiesta de la visitación de la Virgen, el Señor me abrió los oídos y me hizo ver que no estaba en mis manos esta tarea de tener vida, sino solo por el Espíritu Santo. Yo era estéril. Y solo podía ponerme en sus manos como soy… y dejarlo hacer, reconstruir, sanar y abrirme a su voluntad. En esa experiencia volví a dejarme mirar por Dios Padre, que sabía lo que era mejor para mí y como al Hijo pródigo experimenté que Dios no miraba a mis faltas sino a mí, Gracia, su hija muy amada, se alegraba de ver me, me traía la mejor comida, me recibía en fiesta, y lo que más me sorprendió es me amaba con tal predilección que me quería como esposa. Lo único que pude decirle frente a todo este amor, misericordia, bondad fue: ¡sí! En 2 meses ingresé en el monasterio, me costó dejar mi familia, pero sabiendo que en verdad no los dejaba, al contrario, en Dios íbamos a estar más unidos que nunca.
En estos 3 años en el noviciado, Dios me regaló un tiempo fuerte de conversión que se realizó a través de la cruz, de entrar en la verdad de quién soy, de mi historia y eso me asustó mucho, porque tenía miedo de las tinieblas que podría encontrar, sobre todo confrontar me con la fragilidad y el pecado que existen en mi corazón. Y delante de esto, muchas veces quise anticipar me con la armadura de mis propias fuerzas, de mi voluntarismo, porque quería corresponder a lo mucho que Dios me había dado y mantener una imagen delante de las hermanas y de mi misma. Dios me cuidó mucho este tiempo a través de las hermanas, de la maestra y del director espiritual que frente a mis debilidades me animaban siempre entregar me como soy a Él, a mirar siempre al amor de Dios, a su paciencia, a su misericordia e incluso a su pobreza también. Y cuando el Señor me dio la gracia de confiar más en ellos que en mí, pude poco a poco ir descansado en Su voluntad y dejarme conducir hacia la Profesión Simple.
En este tiempo de retiro el Señor ha venido a rescatarme una vez más de mi soberbia y me ha enseñada el camino de la Virgen María de la humildad, de la pequeñez, de mi fragilidad en la que me invita a acoger sencillamente su Amor. Este día de la profesión fue un decirle si al amor incomprensible de Dios Padre que me quiere como su hija muy amada, un si al Espíritu para que pueda realizar esta obra en mí y un sí a Jesús que me quiere salvar e dar Vida Eterna, habitando en mí para darLo al mundo, diciéndoLe cada día como María: ¡Hágase!



