EL EJEMPLO DE LOS SANTOS
En la exhortación apostólica “Gaudete et exultate”, el Papa Francisco propone un tema que nos ha sorprendido. No porque sea desconocido, sino porque ya parece que se nos ha adormecido la mente y pensamos que eso de la santidad ya no se lleva, no es de esta época. Solapadamente en su lugar se han introducido otros términos, a los que se aspira y que nos desvían del fin para el que fuimos creados y redimidos: felicidad, comodidad, placer, individualismo, disfrutar, vivir mi vida, etc. Pensamos incluso que hoy quien habla de ser santo pertenece a los años 50 ó 60 del siglo pasado. Por supuesto que en nuestros ambientes conventuales esta palabra ha estado, está y seguirá estando “de moda”, pero hemos de afirmar que este lenguaje no se lleva en el contexto actual, resulta obsoleto. Y bien sabemos también que quien habla así se la mira como un bicho raro.
Ciertamente, quien lleva el timón de la Iglesia sabe bien lo que ésta necesita y esa llamada a la santidad, a recordarnos que todos tenemos que ser santos, ha sido una idea genial, muy acertada. Una santidad vivida “en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades.” (Gaudete et exultate nº. 2)
En este artículo vamos a ofrecer una pequeña reflexión, como bien queda encabezado en su título.
Dios nos llama a la santidad: “Sed santos porque Yo, vuestro Dios, soy Santo” como se nos revela a lo largo de toda la Biblia. Dios busca al hombre para introducirlo en su vida divina y llegar a la comunión con él (GS 19). Es un don suyo participar de su vida divina. Es la más alta vocación de todo ser humano. La persona humana lleva implícito ese deseo de Dios por haber sido creada por Él y para Él, que la lleva a buscarlo y a Dios a atraerla hacia sí. Es una llamada y una herencia recibida ya desde nuestro bautismo. Válido para todos y para todos los tiempos. Una meta muy alta, donde nos jugamos la verdadera felicidad.
Por el bautismo somos incorporados a la comunidad de la fe, que es la Iglesia. Si rompemos esta comunión de fe, perdemos la fe. Es una gracia singular para el cristiano, pues, entrar a formar parte del Cuerpo de Cristo, agregado a la comunión de los santos. La Iglesia participa de esta santidad de Cristo porque es su Cuerpo. La santidad de Cristo se comunica necesidades de la Iglesia, siendo enriquecida por la forma característica de cada hermana vivir el carisma de la Orden de la Inmaculada Concepción, que ha sido suscitada en la Iglesia para el servicio, la contemplación y la celebración del misterio de María en su Concepción Inmaculada. Las concepcionistas se obligan a vivir las actitudes de María en el seguimiento de Cristo (CC.GG. 9). Por eso, la concepcionista realiza el seguimiento de Cristo, a ejemplo de María, en el silencio que facilita la escucha de la Palabra, en la obediencia a los planes de Dios sobre el mundo y la propia persona, en las sencillas tareas cotidianas de la vida y en la entrega generosa de la capacidad de amar, del deseo de poseer y de la libertad de disponer libremente de la propia vida (CC.GG. 13).
A lo largo de nuestras CC.GG, se ve como la espiritualidad de nuestra Orden está enfocada como RESPUESTA al Altísimo y una respuesta supone siempre una LLAMADA hecha por el Altísimo.
(…) viven solo para Dios, desplegando el dinamismo de la gracia bautismal en respuesta al llamamiento divino (PC 5); y testimonian el género de vida que Cristo propuso a los discípulos que le seguían (LG 44).
La elección amorosa de Dios, que la seduce y desposa en fidelidad, conduce a la concepcionista a responder con su vida de continua oración (CC.GG. 70, 1).
Por la virginidad consagrada, la contemplación se hace en la concepcionista respuesta de amor que sirve, ama, honra y adora con limpio corazón y mente pura, y la conduce a los pies del Señor para escuchar su Palabra en silencio y soledad (CC.GG. 55, 1).
El Concilio hace hincapié en “cada uno por su camino”, porque dentro de la misma familia religiosa, cada uno encarna un matiz de la espiritualidad que ha sido llamado a vivir. Las venerables de nuestra Orden son una prueba de esa afirmación. Porque la vida divina se comunica «a unos en una manera y a otros en otra» (GE 11).
Lo que sostiene nuestra respuesta es el Autor de la llamada, porque suyo es el plan de salvación y su realización es posible, cuando dejamos que él actúe en nuestras vidas, porque no podemos olvidar que todo parte de la llamada de Aquel que nos ha amado primero.
Pues, como dice la Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate, en el nº 13: Esto debería entusiasmar y alentar a cada uno para darlo todo, para crecer hacia ese proyecto único e irrepetible que Dios ha querido para Él desde toda la eternidad: «Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré» (Jr. 1,5).



