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SEMILLA


13 Agosto 2024
SEMILLA

La Iglesia tiene un rostro misionero y está formado por diversas tipologías de misión. La misión de la Orden de la Inmaculada Concepción es íntegramente contemplativa y se puede asemejar a la imagen de la semilla, pues es vivir asociada al Misterio Pascual de Cristo; un misterio de muerte que lleva a la vida en plenitud.

Una semilla suele ser pequeñita y para que se convierta en lo que está llamada a ser, necesita  ser enterrada en la profundidad de la tierra, en una palabra, morir, para que germine el fruto. 

El mismo Jesús dijo, en determinada ocasión:   Os aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere queda infecundo; pero si muere produce mucho fruto (Jn. 12, 24). 

¿Y qué decir de la vida de la Madre de Dios, la Virgen Inmaculada? Una vida escondida, contemplando en silencio, los misterios de su Hijo, conservando todas las cosas en su corazón. Un corazón que vive abrazado al Corazón de Dios.

Beatriz de Silva siguió fielmente los pasos de María Inmaculada y vivió muchos años esperando, que llegara la hora de cumplir la voluntad de Dios de formar una nueva familia religiosa, dedicada a dar culto al misterio de la Inmaculada y no deseando ser vista de nadie, sino de su Esposo, el Señor Jesucristo, buscó la soledad y vivió en clausura perpetua, hecha en Cristo, con María, hostia viva para la salvación del mundo. (CC.GG 60). 

Nosotras, a quienes  fue confiado el carisma que el Espíritu regaló a nuestra querida Fundadora, estamos, como ella, llamadas a ser semilla:

El primer y principal deber de las hermanas concepcionistas es la contemplación de las cosas divinas y la unión con Dios por la oración. 

(…) sepa la hermana concepcionista que su oración es oración de la Iglesia, cuya fecundidad apostólica es misteriosamente eficaz (CC.GG 74).

En el artículo 15 de nuestras Constituciones también encontramos una alusión a nuestra misión de simiente: La concepcionista, haciéndose esclava del Señor como María, proclama en actitud contemplativa la soberanía absoluta de Dios. La contemplación es su apostolado. (…) lo dilata con misteriosa fecundidad apostólica (…).

Porque nuestra misión permanente de la búsqueda de Dios, con un corazón orante, que, desde la tierra de nuestra humanidad,  levanta sus brazos al cielo, elevando una súplica ardiente y confiada al Amor misericordioso de Dios. Este Amor nos cuida como a la niña de sus ojos y se inclina hacia nuestra tierra reseca, agostada y la convierte en buena tierra, donde la semilla de nuestra oración pequeña y frágil, germina en frutos de vida para nuestros hermanos.

Nos dice la VDQ nº 16: (…) La oración personal os ayudará a permanecer unidas al Señor, como los ramos a la vid, y así vuestra vida dará fruto en abundancia (cf. Jn 15, 1-15). Sin embargo, recordad de  que la vida de oración y la vida contemplativa no pueden ser vividas como una retirada cerrándoos en vosotras mismas, sino que deben ensanchar el corazón para abrazar la humanidad entera, en especial la que sufre.

A través de la oración de intercesión, tenéis un papel fundamental en la vida de la Iglesia (…). Con vuestra oración, podéis sanar las llagas de muchos hermanos.   

Misteriosa fecundidad apostólica. Esto es todo el potencial que contiene una pequeña semilla, como es nuestra vida consagrada a Dios y a la Humanidad.

Una misteriosa fecundidad apostólica, que se manifiesta en un rasgo característico de nuestra vida: 

Viviendo en clausura por amor a Cristo, las concepcionistas renuncian al servicio inmediato de promoción del hombre y a la presencia física en el mundo, convirtiéndose en semilla fecunda que apunta desde el surco de la resurrección, en contemplación donde Cristo renace cada día al mundo y en anuncio peculiar de la muerte del Señor hasta que vuelva (CC.GG. 61).

De la mano de María y Beatriz, vivamos nuestra vocación de semilla, desde la fe que hunde sus raíces en el amor de Dios, en la esperanza que nos hace fortalecer el dinamismo interno de nuestro corazón, fijando los ojos en la eternidad, sin dejar de construir, con ilusión, el mundo presente y desde la caridad que nos hace tener entrañas fecundas, que engendran la vida de Cristo en el alma de cada ser humano.