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CELEBRAR LA FE


13 Agosto 2024
CELEBRAR LA FE

El tiempo de gracia que el Señor nos concede vivir durante la realización del Sínodo, es una oportunidad para ahondar en el misterio de nuestra fe, como pueblo que camina hacia la Casa del Padre.

Al reflexionar sobre el modo de “caminar juntos”, la Iglesia es consciente de que solo es posible, si hay una escucha comunitaria de la Palabra de Dios, la celebración de los Sacramentos, de modo especial la Eucaristía y la Reconciliación.

La fe que nosotras profesamos, es lo que deseamos celebrar en cada conmemoración litúrgica, como antelación de la vida eterna que Dios, fuente de vida, nos regala. Es desde la fe vivida y celebrada, que buscamos vivir el quehacer de cada día, dejando que inspire y guie nuestra misión y decisiones personales y comunitarias. 

Celebrar la liturgia es encontrarse con Dios, escucharlo, darle una respuesta, dejarlo actuar en nuestras vidas. Dios se ofrece a nosotras y desea que también nosotras nos entreguemos a El sin reservarnos nada.

Nos dice el Catecismo: Es deseo ardiente de la Madre Iglesia que todos los creyentes lleguen a una plena, consciente y participación activa en las celebraciones litúrgicas que la propia naturaleza de la liturgia exige y que es, por fuerza del Bautismo, un derecho y un deber del pueblo cristiano “raza escogida, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (1 Pe 2, 9) (CIC 1141).

La Iglesia, donde suelen realizarse nuestras celebraciones, es la Casa de Dios y es como un signo de la comunión eclesial, es la casa de todos los creyentes que ahí se reúnen, para acoger la gracia de Dios en sus vidas y manifestarle su amor y gratitud.    

La liturgia bien celebrada es un gran testimonio para los demás del misterio de Dios y puede ser una forma de ayudar a que se encuentren verdaderamente con el Señor. Solo el hecho de tener expuesto al Santísimo en nuestras Iglesias y permitir que la gente venga y pueda sencillamente entrar, puede ser la puerta para el encuentro con lo divino. Recordemos la historia de André Frossard, que nunca había oído hablar del Dios cristiano y un día en que paseaba por París, sorprendido por su belleza, entró en un templo. Era la primera vez que pisaba una iglesia. Estaba expuesto el Santísimo y dice: Quedé cautivado por la presencia de Dios y salí (…). Entré ateo y salí cristiano. Yo no puedo explicar lo que en esos breves momentos viví allí, sólo sé que lo viví.

Podemos preguntarnos: ¿Cómo vivimos nuestras celebraciones litúrgicas? ¿Cómo promovemos la participación activa de todos los creyentes en ellas?

Hay que tener presente que la concepcionista, haciéndose esclava del Señor, como María, proclama en actitud contemplativa la soberanía absoluta de Dios. La contemplación es su apostolado (…) (CC.GG. 15). Y en compañía de María, la Madre de Jesús, las concepcionistas permanecen en un mismo espíritu de oración, conscientes de que eso es lo único necesario, realizando de esta manera la misión que tienen en la Iglesia, siendo en ella fuente de gracias celestiales (CC.GG 71, 1).

   Un elemento fundamental en la celebración de la fe es la Palabra de Dios, porque la experiencia de Dios parte de la Palabra de Dios leída, meditada… Es la visita de Dios a nuestra historia, a nuestra existencia, es dejarse moldear por su amor cuya imagen es la cruz. Por eso, como la Madre de Jesús, que guardaba fielmente en su corazón el misterio de su Hijo, la concepcionista se dedique todos los días a la lectura y meditación del santo Evangelio y de las Sagradas Escrituras (CC.GG. 77, 1).

Nuestra vocación contemplativa subraya la urgencia de la contemplación a la hora de hablar, de actuar, de mirar con los ojos de Dios la realidad, la historia… Si no se tiene esto en cuenta, toda la contribución en el Sínodo, puede ser únicamente mundana.  

Pidamos a la Inmaculada y a Santa Beatriz el don de la contemplación, de la oración continua, de un corazón dócil al soplo del Espíritu, en este momento de discernimiento y crecimiento eclesial.